Monday, September 9, 2019

EL ÚLTIMO DIARIO, POR AHORA, DE GARCÍA MARTÍN

         
            HABLANDO CLARO: AL PAN PAN Y AL MEMO, «ENTRAÑABLE AMIGO, APRECIADO POETA»
                               EL ÚLTIMO DIARIO, POR AHORA, DE GARCÍA MARTÍN

Estamos celebramos los treinta años de la publicación de Días de 1989, el primer diario de José Luis García Martín, un libro breve que anotaba cinco meses, de abril a agosto de dicho año. Desde entonces hasta ahora, el diarista, ha ido escribiendo, en casi veinte tomos, unos episodios nacionales, una historia social, estética, política y personal que pasado el tiempo serán, para los estudiosos, herramientas con respuestas a preguntas que ningún medio de comunicación social daba. 
Hablando claro, abarca los años 2017-2018, lleva un largo y sugestivo prólogo del también diarista José Manuel Benítez Ariza, ha sido editado por Renacimiento en su Biblioteca de la memoria. Como el título indica, es un diario donde se intenta decir las cosas sin tapujos, a las claras, poniendo el dedo en la llaga. 

“Un diario es siempre una estilización de la vida y lo que de ella pueda interesar a los demás. No escribo para mí mismo ni para atormentar al lector. En los míos hay lecturas, libros viejos que se encuentran por las librerías o en el Fontán, mi relación de enamorado con ellos. También la rutina, tomar café cada mañana en Nueva York o Venecia, todas las ciudades a las que voy y en las que cabe Oviedo y más. Otro ingrediente que ha ido decreciendo es el mundo literario, las sátiras y burlas a escritores, como si me interesaran menos”.

El diarista será testigo y notario, ciudadano avispado, periodista y aforista, poeta (cuando va a un acto y se aburre suele escribir haikus). Destacaremos que en este volumen García Martín (no importa que insista una y otra vez que no va a hablar de política, saca las uñas y le crecen los enemigos), cuando se posiciona en la cuestión catalana. 
Hablando claro es un libro de viajes, una aproximación estética, una interminable estantería llena de libros, pero sobre todo es un continuo selfie, un autorretrato, un casi striptease del escritor, del personaje y del hombre que, dice, lleva una vida aburrida, monótona y provinciana, una vida rodeado de libros: lee desde que se levanta temprano, escribe, se acerca al trabajo docente y lee, a la redacción de la revista que dirige y lee, se toma un café y lee, come, descansa y lee, va a la tertulia donde hablan, también de libros, ve un poco la tele y se acuesta temprano.  

Tiene fama de ser un escritor invisible, pero es uno de los autores que más libros ha publicado en sus sesenta y nueve años de vida. Le gustan las simetrías, las coincidencias y los horóscopos, y sabe ser agradecido: es más rentable que no serlo. Es como un gato, dice, cierra los ojos inocentemente, aunque los tenga bien abiertos, y se deja “llevar confiado de un sitio a otro y acariciar por unas manos que no existen y sin embargo todavía me sostienen”. Habla, por ejemplo, de Galdós, pero está hablando de sí mismo, que es lo que siempre hace. Se presenta como una ortiga, un sabelotodo, un cascarrabias y en realidad es tremendamente desprendido, amable, educado y aguanta a fans que le tienen reservado el periódico en el café donde va cada mañana haga frío o calor. Allí recibe a poetas primerizos,  a sus amigos y a sus enemigos, allí hojea la prensa y allí ve pasar la vida que se le echa encima, poco a poco. Y a veces cavila en la muerte y piensa en cómo dejar su legado cuando ya no esté. Dice que habla y habla para que no descubramos su secreto, y se asusta al ver el reportaje fotográfico de una presentación en la que en casi cien fotos no se encuentra, no se reconoce: los estragos de la vejez. Él sabe que no está solo, ahora ha “aprendido que, por muy solo que esté, nunca estaré solo: llevo conmigo un mundo, toda la gente que he querido, toda la gente que quiero”. Le podríamos llamar pirata de textos ajenos, egoísta, solitario, huérfano de amor, misántropo. Ferviente devoto de la  ironía, el sarcasmo, inteligencia, una frase mordaz que hunde al enemigo y desazona al amigo, presumido. Es vanidoso, dueño de un mundo de fantasmas y presencias que le buscan en la noche, que se encontró en palacios venecianos, en sótanos de Manhattan, en alturas de soledad y en infiernos de indiferencia. 

Para los que le siguen en Facebook y celebran su ingenio y sus fotografías, Hablando claro es un libro que hay que leer, un volumen entretenido, del que uno aprende, un manual que entretiene, que informa y por el que nos enteramos de “secretos” del mundillo literario, de la historia de España. Y si leemos entre líneas hasta podamos llegar a conocer al verdadero José Luis García Martín: un escritor que se gana “la vida honestamente y puedo decir lo que quiera cuando escribo. No es un mérito, simplemente no soy un escritor profesional.” 

Wednesday, September 4, 2019

Nos queda la música



                                          


030919.- Lo primero que hice al llegar a USA, mientras reforzaba mi renqueante inglés, fue comprarme una antología de poesía americana (que aún conservo y consulto) y empezar a escarbar a ver qué poemas entendía, que eran muy pocos. Entre ellos me encontré con uno de Pound que se titulaba “A pact”, un monólogo dirigido a  Walt Whitman, que fue el primero que intenté traducir, con enormes lagunas y palabras subrayadas (sap, carved, pig-headed) necesitadas de diccionario. Luego me atreví con algunos poemas de Frost, los en apariencia anecdóticos, con Jane Kenyon y más tarde, el resto... Aparte de los que yo consideraba poetas me volqué en un músico, al que no consideraba poeta hasta que el 8 de mayo de 1980 (como me recuerda la anotación hecha por mí mismo) me compré los “Selected Poems 1956-1968” de Leonard Cohen. La primera canción, “Suzanne”, que me deslumbró, me la tradujiste tú. El día que entendí la música y la letra supe que el cantante formaría parte de mi vida. Y así ha sido. Mucho tiempo después tuve la suerte de verlo en persona, un año antes de que muriera.
Vamos al “Jewish Museum” donde tiene lugar una exhibición, “Leonard Cohen: A Crack In Everything”,  dedicada al cantante canadiense basada, principalmente, en vídeos y entrevistas, con su  música, su vida, etc. Las salas con como pequeñas capillas, en la catedral del recuerdo, oscuras, con cojines y asientos para que los fieles se postren a adorar a su dios que aparece, como un mesías, en una enorme pantalla que llena las paredes. Todos bisbiseamos, como si estuviéramos rezando, algunos parecen extasiados, otros sonríen con esa sonrisa que dan la añoranza y la melancolía, algunas devotas, ahora viejas y arrugadas, en otro tiempo jóvenes bellísimas, “rojas”, rompedoras, iconoclasta, el sexo como bandera de liberación, lloran mientras tararean, apoyadas en el hombro del marido o de la compañera, las canciones del Maestro que fueron su santo y seña, sus himnos en una época donde el mundo ardía con lo hippie, el mayo francés, las drogas, la minifalda, el sexo, los Beatles, la guerra de Vietnam…
La exhibición no enseña nada personal del Maestro, solo su música y su palabra, pero no hace falta, todos los que estábamos allí, viejos cansados, con dolores de espalda, sordos, arrugados, almas en pena sostenidos por el pasado, de vuelta de la vida, blancos y “cultos”, llevamos dentro de nosotros el mundo del Maestro. 
Visitar la exposición es sobre todo, entrar en un mundo en blanco y negro y en un color borroso y lejano, es sumergirse en un mar donde la nostalgia aprieta, pero no ahoga, donde el tiempo pasado fue mejor, donde la magia de la música nos hace a todos volver a ser jóvenes y momentáneamente felices. Los que iban en sillas de ruedas, los que llevaban camisas floreadas (pasadas de moda), los de mirada borrosa, los que fueron fuego y belleza, cuerpos en flor, las frágiles sombras de juventud ajada, perfumadas de melancolía, pechos vencidos y pupilas turbias, todos, al cantar con el Maestro “Suzanne Takes You Down” o “Aleluia” nos sentimos libres de dolores y de vejez. Nunca hubiéramos podido imaginar que perderíamos la juventud y también la revolución, pero eso sí, sabíamos que nos quedaría la música. 






Sunday, September 1, 2019

Suavemente ribera, de Antonio Manilla

                                         

                                           UNA LUZ EN LA VENTANA.
                       SEIS APROXIMACIONES A SUAVEMENTE RIBERA Y UN POEMA.

     
        Antonio Manilla
       Suavemente ribera
       XXI Premio de Poesía Generación del 27´
       Colección Visor, Madrid, 2019.

     1.- Es Suavemente ribera una crónica de las horas fugitivas, una partitura donde la vida interpreta su mejor composición, una narración escrita en las páginas blancas de los días, una aproximación metafísica a los temas de siempre, lo que hace que la poesía sea poesía, un libro con raíces, donde lo cotidiano aflora como ese árbol que buscamos para que nos proteja del sol. Un acercamiento al terreno de la mística desde los umbrales de lo trascendente, desde la suave ribera de la serena contemplación.  

      2.- En Suavemente ribera impera ese necesario acercamiento, en el que la razón es la herramienta que engarza la emoción entre el poeta y el lector, ese fuego en el cerebro que todo buen poema nos hace sentir, ese malestar en las entrañas, ese desasosiego en el corazón. 

      3.- Por Suavemente ribera fluyen, en lo más hondo de su cauce, las raíces de la luz y de la sombra, lo eterno, lo que nunca cambia, lo que parece nuevo, ideas que hacen mover el río de la vida con la pericia que uno mismo impone. Es esa disposición, ese arte, los que hacen que el libro sea una historia que nos ayuda a entender la muerte mejor, a reflexionar, a indagar y a estar agradecidos por la lluvia, por saber “que nadie muere nunca / mientras alguien le guarda / un asiento en su mesa”, porque en noches de soledad y de desesperación haya una luz en la ventana. 
      
      4.- Suavemente ribera es un libro cíclico, con ecos machadianos, rozando la poesía oriental y con resonancias de poetas americanos contemporáneos, un libro que desde el principio, en el prólogo/impromptu está diseñado el plan a seguir. Vendrán los caminos de la tarde, los espacios despoblados, la tierra extraña, el sonoro tambor de la noche y aparecerá la aurora. Y sentiremos cómo la naturaleza viene a nuestro encuentro, nos envuelve y nos protege hasta que lleguemos a “la patria sin fronteras de la muerte”.

      5.- Suavemente ribera es un ungüento popular y mágico, culto y hogareño que cierra heridas, una brújula que abre caminos, un tratado didáctico que te ayuda y enseña a ser feliz,  una cartilla que te avisa de los peligros con los que te puedes encontrar si no sabes disfrutar de la vida. 

      6.- Suavemente ribera es un libro necesario, una obra mayor para leer en tiempos revueltos y peligrosos, un texto que nos advierte que uno es de donde viene. 



Saturday, August 31, 2019

Pasando a limpio...

Estamos pasando a limpio (¿o es a sucio?) el diario de 2016. Y leo esto que me lleva a una tierra donde hay peces misteriosos y amores posibles. 




210416.- Volver a Coney Island es volver al pasado. 
      Esta mañana, armados con las cañas de pescar imágenes y los anzuelos del recuerdo, aprovechando el segundo día de primavera, después de un largo y oscuro invierno que ha hecho que todavía los almendros del Botánico del barrio no hayan despertado, hemos visitado un territorio donde habita, en cierto modo, el olvido. 
      Antes de llegar al mar hemos paseado por una parte del barrio ruso que es una manera de pasearse por barrios de la Europa del este: tiendas de regalos donde la curva es de puro retorcida casi recta, donde el recargamiento, los dorados, el falso rococó, el cristal agobiado, los relojes afónicos, las flores imposibles, las mariposas de tan retorcidas casi surrealista llenan escaparates repletos, no un solo hueco para que el polvo respire. Tiendas con huevos de Farbege hechos en China, iconos en marcos de plástico, matrioskas grotescas con rostro de presidentes rusos… Lo único hermoso, en una de las tiendas, son los libros en ruso, las óperas, la música. A duras pruebas, tú logras traducir algunos de los autores y de la materia en la que están agrupados: Poesía, política, historia, Cervantes, Puskin, Atmatova… Tiendas de agache donde el poliéster es el zar de la casa, tiendas para mandar dinero a países que uno confunde entre históricos, de asesinatos y revoluciones y atropellos: Latvia, Letonia, Servia, Hungria… Barrio en donde el inglés es un idioma en extinción, hombres de rostros arrugados, mujeres maquilladas como matrioskas, panaderías con olor a canela y a estepa rusa, a nieve confitada. 
Ya cerca del mar florece el olor a algas, a gaviota en celo, a brea y a madera podrida. Ancianos sentados tomando el sol, algunos paseantes, varios colegios con niños de primaria que posiblemente traen por primera vez a que conozcan el mar, una pareja de jóvenes, ajenos a la vida, al grito de las gaviotas, al crujir de la arena, se besan con coraje, como si el mar fuera a llevárselos, un grupo de mujeres musulmanes con velos miran el mar mientras que el aire mueve sus túnicas. 
      Me adentro en el espigón que está lleno de pescadores y mientras los contemplo uno de ellos grita: “Es grande, es grande, este es grande”. Y todos lo demás compañeros abandonan sus puestos y se acercan a ver lo pescado. Tira de la caña y cae el pez en el suelo. Se mueve haciendo eses y el pescador lo coge y lo acaricia. Es un pez con alas, como de mármol, con ojos como dos bolas de carbón piedra, un pez que parece mitológico, casi prehistórico, las alas como conchas de nácar. Uno de los pescadores le arranca el anzuelo de la boca y el pez respira hondo. Otro saca una balanza y lo pesa: tres libras y media. Se forma un remolino de gente, alguien quiere comprar al pez, otro quiere que lo devuelva al mar, otro que lo guise, otro quiere llevárselo a casa. La gente le hace fotos como si fuera una celebridad. El pez de vez cuando da un estertor. Uno de los pescadores lo acaricia. Alguien trae una bolsa de plástico negra, como una mortaja, y lo mete en ella. “Ciérrala bien”, dice mientras hace un par de nudo con las asas. Y cada pescador vuelve a sus sitios a la espera de otra presa. 
      El parque de atracciones, remodelado y puesto al día, está cerrado. Un parque de este tipo es el triunfo de la decadencia, del poliéster y del neón. A través de las barras se ve la noria, como un enorme girasol, inmóvil, presa. Un parque cerrado, sin el trote mecánico de los caballitos, si el griterío de los niños, sin el chisporroteo de los puestos de tiro al blanco, es un poco como un cementerio donde la muerte monta, juega feliz y gratis en todas las atracciones.  
      Baja la marea cuando nos alejamos y la arena de la playa se desnuda del lienzo que el agua se va llevando en su retirada. Descienden unas gaviotas tan rápidas cerca de los cestos donde los pescadores tienen los cebos que parecen rayos de cristal líquidos. Se han ido los amantes, se han ido los niños de las escuelas, hay una cola de gente en Nathan´s, el puesto de perritos calientes más famoso del entorno y se llena el aire de olor a aceite y a pimientos fritos. Tú dices que tenemos que venir a ver el acuario, que nunca entramos y yo pienso en el pez alado que se asfixiaba bajo un sol como de los años cuarenta, “un pez de juguete, planeando sobre su piel de caoba medieval una luz silenciosa”. Un pez que hubiera podido estar a la venta en uno de las tiendas de regalo donde venden copas en las que Scarpia hubiera ofrecido un licor a Tosca, anzuelos de raso, pájaros de metal y un pasado lleno de nostalgia de la vieja Europa mezclado con la joven América. 

Wednesday, August 28, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO Y 20.

     Es largo, pero es el último. Muchas gracias por el seguimiento y los mensajes de amistad.                                




                                                 PATO A LA NARANJA

                                             
                                                            I..

      ¿Te acuerdas, Emilio, de aquella vez que cenamos pato a la naranja en Bruselas?  No te lo dije nunca, pero fue una de las noches más felices de mi vida. A partir de ahora voy a comprarame lo que me apetezca, pero sin extrafavagancias ya que me queda algún dinero...  Fíjate en las piernas que tengo tan delgadas y pálidas, y lo que es peror que no puedo dablar la rodillas. Nurse, nurse, water, please, water!  Mejor, me encuentro mejor. Sí, sí, ahora siento el oxígeino. Gracias. Los bombones los traen a diario de Suifiza, así que mañana vas y me compras media dodocena. Teucher o Deucher, algo así, en la Quinta Avenida. ¡Me gustaría tanto regresar a mi casa! ¿Cuándo volveré?¿Me has regado las plantas? ¿Están las rosas en flor? ¿Tú crees que podré ir, que pogré ir este verano a la playa? Necesito que me den speech, cada vez tengo más dificultaz para hablar. Ayer no vinisteis ninguno de los tres a verme y necesitaba tanto hablar con alguien... Mi única falimilia sois vosotros tres. Tú más familia, claro, a pesar de todo. ¿Al de al lado? Se lo han llevado esta mañana; dio un ronquido como un trueno, llamó a su madre y se quedó en silencio; su madre era muy buena y me daba agua. Ya habrán descansado los dos. Mañana me compras un walkman, sé que me queda poco; y vas a Balduci´s y me traefs trufas y unos pasteles de chocolate. Miss, miss, would you please give me agua? Se me seca la, la garganta, garganta mucho. No, no lo creas, todas no son tan nice. El otro día me robaron dinero y se comieron los donuts que me trajo José. Cada vez titiemblo más y se me va oscureciendo todo, como si fuera a venir la noche. Mili me pone nervioso, pero me quiere. Conozco a Mili desde el primer día que llegué a Nueva York, hace casi treinta años; no, no a José lo conocí en la universidad un año antes de lo de Castro. ¿Tú crees que podré volver a Cuba? Luego nos reencontramos en Madrid, en el 64. ¿No te acuerdas de esa fotografía en que estamos José, Alberto y yo en la Cibeles y José está muy delgado y todos estamos muy jóvenes y muy handsome. José tiene cincuenta y dos, es un año más joven que yo. ¿De qué hablaba? Se me olvida todo y se me enredan las paralabras. Cómprame tres de Champagne, dos de chocolate blanco y dos trurufas salvajes. No sé si podré ir a la plalaya este año. Se lo he dicho a Mili antes de irse: no me pongas el agua tan cerca, porque lo tiro, pero no me escucha. Mejor, gracias, miss, hummm, hummm... no tengo fiebre. Quédate. No no, no te salgas, tú eres de la familia; sólo es una inyección y me la ponen en la barriga, no en el trasero... pero no me duelen. Sí, sí, ahora lo siento entrando por mi nariz. Tráeme también caviar, pero lo compras en Zabar´s. Cuando vuelva a casa tengo que hacer muchas cosas. Me queda por oír el Ring de Levine y necesito escuchar otra vez el Guillermo Tell de la Caballé y Pavarotti, y un recital de la Callas con Giuseppe Di Stefano que estaba inédito, y no puedo morirme hasta escuchar el Otello de Rossini. Water, please, water.  Anoche tuve un sueño que alguna vez te contaré, ahora no quiero hablar de ello;  me preocupé mucho porque me vi solo y me eché a llorar y el médico me dio un valium y me calmé. Huele bien, ¿verdad? Me gustan los postres y las sopas que hacen aquí. ¿Me ha escrito alguien? Sólo os tengo a vosotros. Haz una copia de la llave de la casa para Mili y otra para José. Os he puesto a los tres en los papeles del hospital como si fuerais mi familia, por si me pasa algo. Emilio tienes que ir a mi casa a romper cosas no vaya a ser que venga mi hermana o me pase algo, ellos no saben nada. Que ¿qué cosas? Pues algunas de nuestras viejas cosas que todavía guardo; sí, sí no te rías: nuestras cartas, las postales, las polaroides, alguna pornografía. . . y algunos de los juguetes que guardo detrás del cajón del armario grande, el que compramos a Mrs. MacLauglin antes de irse a la residencia. Una sister vino a verme esta mañana, pero le dije que hay tiempo. Los curas nos enseñaron que la extremaunción es ya para los que están a punto de...  ¿Te acuerdas del padre Gerardo lo bueno y lo alto que era y lo grande que tenía las manos y las orejas? Yo hice los nueve Primeros Viernes de mes una vez... Dale a José el year book en el que estamos juntos en la fotografía. Los chocololates que sean de la Quinta Avenida.  Emilio ¿te imporotaría darme la mano? Las he acariciado tanto... A algunos les da miedo tocarme, piensan que les voy a contagiar. Honorio es uno de ellos, pero lo comprendo. Gracias, Emilio, por todo. Has sido tan bueno conmigo. No, no nos teníamos que haber dejado nunca. Es un programa sobre Rwanda y fíjate, fíjate cómo se matan, fíjate en los ojos de ese niño, fíjate qué delgado está, sus piernas parecen de alambre. Yo me parezco a él y no puedo dablar las rodillas. Yo también estoy en guerra y estoy perdiendo y parece que se me hace de noche. Estoy entrando en una boca de lobo; estoy exiliándome, de nuevo, a una tierra extraña en donde la oscuridad me espera. Si mi hermana no viene, no me importa pues os tengo a vosotros tres. Apriétame la mano, Emilio, y déjame que me duerma, estoy muy cansado, tengo la boca reseca, las ideas se me nublan, mi cuerpo entero tiembla, te veo como difuso, tengo sed y no puedo dablar las rodillas. ¿Quién se va a quedar con el perro? ¿Tú crees que poderé... ir... a la plalaya de Varadero este verano? 


                                         II.

Claro que te aceptamos, Vabi, no te preocupes. Mamá lo sabe y también se lo he dicho a mi hija; no, a los hombres no, no lo comprenderían; les he dicho que tienes cáncer de hígado. Vabi, tú lo que necesitas es terapia, que te afeiten y te corten el pelo y verás cómo pareces otro. ¡Que sí, que sí que te queremos!, no te preocupes. Sí, claro que ha sido un golpe, tantas cosas al mismo tiempo. El que no te hubieras casado no significaba nada porque yo lo hice, en una mujer era diferente y además eran otros tiempos, y nunca fui feliz. ¿Lo fuiste tú? Yo te comprendo y espero que tú también me comprendas a mí y me aceptes como soy. Pero yo soy dura y no necesito compasión. Si he venido es porque me llamó Emilio y me asustó, pero yo la verdad no te veo tan mal, los médicos han debido equivocarse, tú no puedes tener eso, tú lo que necesitas es terapia y ya verás cómo te mejoras. ¿Qué? a veces no te entiendo. Si, sí mamá está bien; ella, como yo, es dura, nosotros somos los hombres de la casa; no, no, papá sigue en el hospital, él no sabe nada, él es tan buena persona. Por cierto este hospital está sucio y no me gusta nada, te podrían haber llevado a otro mejor. ¿Qué? en el cajón, ¿en qué cajón? Está bien. ¿Quién? ¿Emilio? Se la pediré e iré mañana al piso y lo cogeré. A nadie le amarga un dulce. Sólo puedo estar aquí este fin de semana. Sí, si Vabi te estoy escuchando, pero a veces no te entiendo. En el cajón de la mesilla derecha hay dinero, está bien, ¿tienes algunas joyas? No, no yo no quiero nada, ¿la póliza? ¿el seguro? Hablaré con ellos. Pero yo te veo bien. Odio New York, no viviría aquí por nada del mundo. Tú te debías haber quedado en Miami, pero, claro, como eres como eres, pues claro, querías vivir en New York. Volveré la semana que viene. Ya sabes que Tochi ha tenido gemelos y tengo que cuidarlos y luego papá, y Alberto no se encuentra bien tampoco. Sí, sí, que sí que te aceptamos, que te queremos, Vabi, que no te preocupes. No, no, muebles no quiero, algún recuerdo, pero hablaré con ellos. ¿Pagar las deudas? Hermanito mío las deudas no se pagan, tú no tienes ni mujer ni hijos. Ni el teléfono, ni el gas, ni las tarjetas de crédito. Nada, nada, tú no te preocupes. ¿Los óleos? ¿Qué te van a traer los óleos? Pues yo te veo bien. No me mires con esos ojos tan profundos, Vabi, me das miedo. Tus ojos siempre me han dado miedo. No, no, si no me voy; tienes la mano helada y estás tiritando. ¿Quieres agua? ¿Los óleos? ¿Qué? Pues claro que sí que te aceptamos, Vabi, faltaría más. ¿Me aceptas tú? Vabi, ¿me ves? Vabi, ¿me oyes? Esto se cura con terapia y que te afeiten esa barba de profeta que tienes y que te corten el pelo. ¿Me oyes, Vabi? ¿Me ves? ¿Sabes quién soy? Soy yo. ¡Vabi, Vabi!... ¡Enfermera! ¡Enfermera! 


                          III. 

Pasa, pasa José. Y Honorio ¿no viene? Ya, ya, estas cosas le entristecen. Mili, su madre y su hermana ya están aquí y han empezado por arriba con los armarios, ahora están empaquetando su ropa. Yo estoy aquí con las cartas y el papeleo y se me ha hecho un nudo en la garganta. Menos mal que has venido. ¡Qué calor! Sí, sí; hoy él se hubiera ido a la playa. El mar le apasionaba. Tú sabes que su temporada duraba de mayo a octubre. Por cierto, ¿qué habrá sido de sus compañeros de verano? ¿Le echarán de menos? Habría que llamarlos y decirles lo que ha pasado. Es José, Mili, cuando acabemos con este cajón subiremos. No sé qué hacer con estas fotos, tú estás en algunas de ellas, ¿las quieres? Coge lo que te guste, no hace falta que te lo diga. Sí, hombre, ésta es en Caroglio, el pueblo de mis abuelos; ¿no te acuerdas que fuimos a Italia en el 71? Fue un mes antes de mudarnos aquí. Como siempre viajábamos juntos y solos nunca teníamos a nadie que nos fotografiara; ésta es una de las pocas en que estamos los dos. A él le encantaba. Tres meses después decidimos separarnos. Estas de La Habana a lo mejor las quiere Mili. Hay que pagar las deudas, ¿no te parece?  La imbécil de su hermana se creía que su hermano era Rockefeller; que si el hospital era muy sucio, que si terapia, que si la comida, que si New York, que si las joyas, que si el dinero, que si la casa, que qué iba a hacer ella con las cenizas, que no estaba segura si llevárselas. Si no llega a ser porque la asusté con lo de los óleos, la muy animal no viene. ¿Quieres alguna ópera? Coge lo que quieras. No hace falta que te lo diga. A ti, José,  te quería y te respetaba mucho. Se alegró tanto cuando lo de Honorio. Tú has tenido suerte. ¿Veinticinco años ya? Lo vuestro no tiene nombre. ¿Te acuerdas cuando fuimos al aeropuerto a recibirle? Parecía más joven de lo que era, y lucía cansado, pálido y delgado, con un jacket muy holgado que a mí me gustó. Todas estas cartas hay que tirarlas, y estas fotos hechas con Polaroid también. ¡Qué vergüenza! No sé qué pensarás de nosotros. Aquí están los recibos; no sé, espera. Mili, ¿sabes si hay una calculadora? ¿En el de la derecha? Gracias. Llévale a Honorio esta cerámica que compramos en México, sé que le gustaba. Este montón de ropa para el Salvation Army, estos platos y estas cazuelas para la mujer que le cuidó antes de que le llevaran al hospital, la quería mucho. ¡Qué desorden! ¡Y pensar que por un tiempo esta casa fue parte de mi vida! José, me parece que bajan. ¡Ah! se me olvidaba. Ayúdame a sacar este cajón, ¡date prisa!, detrás hay escondidas algunas cosas que debemos devolver al cuarto oscuro del olvido, ahora ya no nos queda tiempo para el recuerdo y ha comenzado a oscurecer. ¡No!, ¡no!, eso no lo tires; es el menú de un restaurante chino en Bruselas donde cenamos pato a la naranja. Nunca le dije que aquella noche fue una de las más felices de mi vida.



Tuesday, August 27, 2019

CUENTOS DE UNA NOCHE DE VERANO, 19




                                                SE HIZO LA LUZ                 

      El primero de enero, después de comer, la bombillita de la estrella que coronaba el árbol de Navidad se apagó. 
     -- Vaya, se funde justo cuando lo íbamos a desmontar. Habrá que comprar otra el año que viene-- dijo la madre.  
     -- Iré mañana a Arrows y compraré una de repuesto. Debíamos de tener alguna por aquí.-- dijo el padre.
Emmanuel, el hijo, preguntó: 
      -- ¿Por qué se funden las bombillas?   
      Por la tarde, mientras nevaba, desmontaron y tiraron el árbol y desapareció de la sala el olor a pino y a bosque. Guardaron la estrella, se olvidaron de ella y pasó un año. 
      De nuevo llegó Navidad y de nuevo los tres fueron a Arrows, el gigantesco almacén edificado a la salida de la ciudad, a comprar el árbol y los regalos. Emmanuel al mirar los cientos de luces que adornaban el almacén se acordó de la estrella que guardaron el año pasado con la bombilla fundida. Se alejó lentamente del lado de sus padres y se arrimó a uno de los árboles con cientos de luces. Cerró los ojos y vio cientos de puntos minúsculos como estrellitas que parpadeaban. Se acercó a ellas y pasó la mano por unas cuantas y notó que estaban calientes. Se fijó en una que estaba casi rozando la base que sostenía al árbol. Parecía especial. La miró, se agachó un poco, curvó el dedo índice y el pulgar, metió las uñas a manera de pinzas, las giró y tiró de la bombilla lentamente. No fue fácil sacarla porque estaba muy ajustada al pequeño casquillo de plástico verde. Dio un tirón al mismo tiempo que sacaba la lengua, y logró desprender la bombillita. En ese mismo momento el almacén se quedó totalmente a oscuras. Se oyeron gritos, luego un silencio y más tarde gente que corría atropellándose. Algunos encendieron los teléfonos móviles. Las escaleras mecánicas y los ascensores se pararon. Alguien dijo que era un atentado, varios niños lloraban, una mujer gritó, los padres de Mike buscaron a su hijo. Sonaron unas sirenas, llegaron los bomberos que iluminaron con grandes reflectores la entrada de la tienda. Salió la gente atropelladamente. Se oyeron ruidos de motores, metálicos. Mike echó a correr y bajó las escaleras de emergencia de tres en tres. El aparcamiento estaba iluminado a rachas con luces que se movían de un lado para otro como si hiciera viento. Buscó el coche.  Esperó que llegaran acariciando con la yema del dedo índice la bombillita que todavía guardaba algo de calorcito.
        A la mañana siguiente, The Star of Prospect Park, barajaba varias hipótesis: que el apagón en Arrows podía haber sido un acto terrorista, posiblemente de una célula árabe, por otro lado insinuaba que podía haber sido obra de un grupo de venezolanos partidarios de Chávez. Un vecino dijo que él vio a una nave espacial aterrizando en la terraza del almacén, por lo que podría ser cosa de un grupo de extraterrestres. En Cartas al director, vía email, un lector insinuaba que era cosa de un hijo de Satán o de una familia budista.
      Llegaron dos ingenieros afroamericanos de Nueva York. Inspeccionaron el almacén, todavía sin luz. El manager, un oriental con fuerte acento en inglés, en una entrevista en WHBD, la emisora de televisión regional, dijo que había habido varios heridos, dos de gravedad y que las pérdidas económicas eran cuantiosas. El jefe de la policía local, un chicano llamado José Carpintero de la Cruz, declaró que no pararían hasta encontrar a los culpables. Una joven afroamericana, Mary Snow, declaró: “El problema en este condado son las minorías”. Los ingenieros, después de consultar con la compañía eléctrica, Light Con, llegaron a la conclusión de que la manera de solucionar el problema, que dicen puede haber sido un sabotaje, es revisar una por una las miles y miles de bombillas de los árboles y de los adornos navideños del almacén ya que alguien arrancó la bombillita madre de todas las bombillas de la ciudad. Había que encontrar el casquillo vacío. 
      Emmanuel al llegar a casa, bajó al sótano, abrió la caja donde guardaban los adornos de navidad y encontró la estrella que al ser acariciada pareció respirar con dificultad, como si sonriera. Sacó la bombilla del bolsillo, la besó y la metió en la punta de la estrella que se iluminó como un corazón lleno de sangre y de vida y en ese momento se hizo la luz y el almacén se iluminó.  

Monday, August 26, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 18

                                             


                                                 PERDICES ASADAS 


Bajando la Cuesta del Agua Amarga y torciendo a la derecha al callejón de las Tres Perdices, se llegaba a la plaza de la Custodia desde donde se podía ver el río Tajo, oír su ronca respiración y oler su cuerpo limpio. Descendiendo trece escalones, entrando en la tortuosa y empedrada cuesta de la Muerte, saltando unas piedras y cruzando unos arbustos bajos y espinosos se llegaba a la orilla, donde una arena verde y apelmazada, con olor a cieno y a peces, encarcelaba al agua. A la izquierda, reflejada en la corriente, se levantaba la casa de don Illán: grande, pesada, cuadrada, sólida, de ladrillo ocre, fachadas cerradas, con dos únicas ventanas mirando al río, torre semicircular, como un barco con la proa sumergida dentro del agua, en la que el Mago tenía sus habitaciones secretas. El jardín tenía doce álamos, ocho cipreses, parcelas de verde y plata, rojo, amarillo y rosa; una pequeña huerta y, en el medio, una enorme jaula en forma de hórreo con perdices. En la otra orilla y frente al caserón de don Illán se levantaba la ermita de Nuestra Señora de Borges, rematada su humilde espadaña por una inmensa cruz.
Agobiada y circundada por el Tajo, la ciudad, un sofoco de casas apiladas unas contra otras, se asentaba sobre siete colinas en las cuales se erguían de derecha a izquierda, la Catedral, el Alcázar, el Palacio Arzobispal, la Iglesia de Santo Tomé, la Posada de la Hermandad, el Palacio del conde de Benavente y el caserón de la Inquisición, muy próximo al Tajo.
Cuando Carlos I estuvo en La Coruña, fray Jesús Jerónimo de Valdivieso y Vargas Bahamonde, que había estudiado en la universidad de Salamanca y era deán de la catedral de Santiago, fue nombrado su confesor y capellán real. Era fray Jesús un hombre de ojos vivísimos, luminosos y labios carnosos, frente ancha e ideas brillantes, astuto y orador elocuente. Se decía, pero nadie lo podía confirmar, que era aficionado a la magia y que tenía poderes. Oyendo el castellano oscuro, casi ininteligible, de marcado acento extranjero del monarca, al confesor le costaba entender la retahíla de los pecados reales, que siempre giraban sobre el mismo tema. El rey era absuelto, una y otra vez, de haberse acostado o bien con una lavandera, o con la hija de su barbero, o con una princesa, o con dos (a veces tres) damas francesas del séquito de la reina y, en contadas ocasiones, de haber tenido oscuros pensamientos al reparar en el hermoso perfil de un mozo poeta castellano a su servicio. (Años más tarde volvería a sentir, al releer los versos del poeta una tarde de verano, el mismo sobresalto en la soledad de Yuste, y aunque comprendió su significado ya era demasiado tarde.)
El emperador, a instancias del cardenal Tavera, nombró Gran Inquisidor al deán de Santiago y éste se trasladó a Toledo. Al llegar a la ciudad imperial su primera visita, después de cumplimentar al rey y al cardenal Tavera, fue para don Illán. Llegó de noche; no era propio de un inquisidor visitar a un mago. Se paró a respirar en la plaza de la Custodia; se sentía viejo y cansado y ahora más que nunca –pensó– necesitaba vivir, para poder mandar herejes a la hoguera. Acostumbrado a la humedad de Santiago, el clima seco y áspero de Toledo le resecaba la garganta, naciéndole en el pecho un galope que le ahogaba. Miró al río, que era una cinta negra con reflejos lunares, y respiró hondo. Cuando las campanas de la catedral daban las diez y el deán iba a hacer sonar el aldabón de la puerta de la casa mágica, aquélla se abrió y el brujo le invitó a pasar. El deán de Santiago, distante, frío y autoritario, saludó a don Illán; éste, al doblar levemente la cabeza, sintió un escalofrío. Vidrios azules le salpicaron su cerebro.
Bajaron a las habitaciones secretas arropadas por el Tajo. Sus pasos resonaban. La humedad era una sábana verde que colgaba del aire. Hablaron. Al pedirle el Gran Inquisidor, bruscamente, la fórmula de la eterna juventud, el mago comprendió que el deán de Santiago venía en plan de guerra y se declaraba su enemigo. En el tablero del ajedrez de la noche y el alba jugaron la última partida. Amanecía cuando el brujo echó al deán de su casa. Al cerrar el portón el deán oyó un mugido lunar, un trueno líquido de plata y un galopar de muerte. En la catedral de Santiago, las campanas doblaron a muerto.
  A pesar de los tapices que cubrían las altas paredes del alcázar, el emperador, que contemplaba el río y tenía un libro de poemas en sus manos, sentía frío. Acababa de firmar la ejecución de don Illán que Fray Jesús Jerónimo de Valdivieso y Vargas Bahamonde le había traído en persona. La muerte del brujo se llevaría a cabo el día del Corpus Christi, después de la procesión, en un solemne auto de fe en la Plaza de Zocodover, bajo el Arco de la Sangre. 
Una hora antes de la ejecución de Don Illán, cuando la rica custodia de Arfe entraba de regreso en la catedral por la puerta del Perdón, el sol se apagó, los gallos cantaron, comenzó a llover torrencialmente, un viento de guerra movió la Campana Gorda de la catedral y su sonido explotó tímpanos de niños recién nacidos, hizo a los sordos oír, rompió cristales, derrumbó estatuas y rectificó el curso del río, que se salió de su cauce. Al desbordarse inundó parte de la ciudad baja y la furia de su corriente arrasó con el caserón de la Inquisición.
El cuerpo del deán de Santiago, Gran Inquisidor, confesor y capellán real, no se encontró jamás.
Revestido con casulla verde y plata, alba purísima de hilo, manípulo y estola de raso, guantes rojos, báculo y mitra dorados, presidiendo la gran estancia secreta, embalsamado por el abrazo del río, peces azules le ciegan su mirada, musgos de silencio le adornan su boca, algas tejidas por Salicio y Nemoroso le encarcelan sus manos, ángeles de cieno bautizan su memoria herética. Su deseo de vida eterna se cumplió.
Cada noche, el mago se acerca a él y le ofrece perdices asadas de cena.