Saturday, August 3, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 5


                     

                                      El carro de heno

                            Para Cayetano Lupeña que ya vive en la paz del monte Amboto.

Había esperado hasta hoy porque pensaba que con el dinero que me diera mi familia como regalo de cumpleaños me sería más fácil la huida. Alegando que habían gastado en la operación y enfermedad de mi hermana, mis padres no me dieron una peseta. Solo mi tía Edurne que era la que yo más quería, me regaló una caja de colores que olía a cedro y que me llevé conmigo. Esperé a que todos se hubieran dormido y fui a la alcoba donde mis padres dormían. Me acerqué a la mesilla, abrí con sigilo el cajón y saqué unas monedas.  Cuando iba a salir oí a mi madre que preguntó:
-- ¿Eres tú, Tano?
          Aguanté la respiración. Mi padre dejó de roncar y soltó un chorro de aire que sonó como un gruñido hosco y oscuro. Cuando ya estaba en la puerta de la calle recordé que no me había despedido de mi hermana. Entré en su habitación que olía a morfina y a colonia y allí estaba: inmóvil, luchando en silencio con la muerte. Iluminada por la lámpara de la mesilla que desprendía una luz sucia y gastada parecía muerta: una estatua de mármol yacente y fría, los ojos cerrados y hundidos, los labios resecos y agrietados. Me acerqué a ella y la miré presintiendo que era la última vez que la veía. Se me hizo un nudo en la garganta y noté un ruido destemplado en el corazón. Al salir de la habitación escuché a lo lejos, el ladrido de un perro y doce campanadas en el reloj de la iglesia. Al cruzar el puente me pareció ver el rostro de mi hermana reflejado en el agua.
Lo peor fue cuando después de subir la cuesta, ya en la carretera, volví la cabeza y vi el pueblo en la hondonada. Tenía forma de fusil (mi padre siempre decía que vivíamos en el gatillo) y ahora que estaba iluminado por una luz lenta y plomiza pude distinguir el ayuntamiento, la iglesia y la plaza en la culata y una hilera de luces a lo largo del cañón. No se veía el gatillo. Un fusil que sin pólvora se carcomía de musgo a los pies del monte Amboto. Dudé por un momento y quise regresar. Cerré los ojos y los apreté con fuerza. Un coche me deslumbró y me aparté a la cuneta. Cuando se alejaba iluminó el cartel en grandes letras negras con el nombre del pueblo: Urkuleta. Lo leí en voz alta, me dije, por última vez y al hacerlo me sonó como un tiro en la sien. Comencé a caminar con la noche por toda compañía.
No sentía cansancio, pero si sentí un frío espeso cuando empezó a amanecer. La imagen del pueblo desde lo alto y el primer amanecer a campo abierto se grabaron a sombra y luz en el daguerrotipo de mi sangre.  La primera me sirvió, años más tarde, como credencial para ser admitido en la Escuela de San Fernando. La segunda para ganar una beca en el Colegio español en Roma en donde conocí a Alberti.
     Al entrar en Ontaeyka, un pueblecito que serpenteaba entre dos montañas, me senté a la puerta de la iglesia y saqué del macuto un jersey, una onza de chocolate, el bloc de dibujo, la caja de colores y comencé a pintar el primer amanecer libre de mi vida. Me sentí tan feliz que hasta las líneas me salían más rectas y los colores me parecían más puros. Rebosaba tanta luz el verde que casi olía a hierba, resaltaba el azul sin nubes como en una anunciación de Fra Angélico, el marrón solidificaba las montanas haciéndolas terrosas y compactas, tan reales que la lámina de papel me pesaba.  Hasta el chocolate me supo a gloria. La primera luz penetraba en mis ojos y me bautizaba de una sombra en pecado mortal. Sentí su peso y por un momento se nubló la mañana recién nacida anunciando una tormenta de verano. Pasó una vieja enlutada que me miró diciendo algo que no entendí bien del todo.
-- Caín, eso es lo que eres, un Caín. Hasta llevas la marca en la mejilla.
    Me parecía domingo. Había como un orden nuevo en el mundo. Un cartel con unos versos de Berceo me indicó que había llegado a tierras riojanas. Empezaba a atardecer. Sentí unos calambres por los pies y un chasquido en las rodillas. Tenía la boca reseca y me ardía la cabeza. Entré en un bar en San Hilario de Rioja  y pedí un bocadillo y un vaso de gaseosa. El camarero, un hombre con ojos sucios, me preguntó que adónde iba. Que qué hacía solo. Que por qué viajaba sin nadie. Salí enseguida y aceleré el paso. A la salida del pueblo, cuando el camino se volvió oscuro, sentí miedo por primera vez y me acordé de mi hermana iluminada por la luz de la lámpara.
     Pasé la noche bajo un árbol espeso que olía a tierra húmeda. Puse la mochila de almohada, me acurruqué y aunque estaba muerto de cansancio no podía dormirme. Miré el cielo que me pareció un espejo donde se miraban millones y millones de ojos. Un campo de batalla con un escuadrón de soldados lejanos con fusiles de plata. Tachuelas de leche clavando la sonrisa de Dios. Respiré hondo y la noche inundó mi pecho con olores nuevos. ¿Cuáles serían mis ojos en ese laberinto de miradas?
     Me despertó el ruido de un carro que venía por un camino estrecho y que parecía que arrastrara a la madrugada. Al pasar por mi lado no vi a nadie que lo condujera. Era un carro lleno de heno tirado por una pareja de bueyes negros. El olor me arropó la cara como una bufanda. Años mas tarde, en el Museo del Prado, me volvería a encontrar con el mismo carro en un cuadro de El Bosco. 
     Anduve todo el día como con fiebre. Al atardecer llegué a Miranda de Ebro. Me parecía que habían pasado años desde que salí de mi casa. Vi una iglesia abierta y entré en ella. Estaba en penumbra, silenciosa. Olía a humedad y a incienso mojado. Coloqué la mochila debajo del banco y me senté a mirar el retablo con escenas de la vida de Cristo iluminadas tenuemente. Mirando el perfil de un pastor que me recordó a mi padre me quedé dormido.
     Me despertó una patada en los riñones y un fogonazo de  luz en la cara.
--Es este – dijo alguien--.
     Me giró bruscamente la cara hacia la derecha y la misma persona comentó:
     --Esta es la cicatriz que ha dicho su madre. Joder, nos ha tenido todo el día al retortero el muy cabrón.
     Me levantaron casi en volandas del banco.
--Vamos, sin rechistar, ¿eh?
     Dos guardias civiles me miraban con caras de pocos amigos.
Volví a mi casa en un vagón de un tren cansino sentado entre otra pareja de la guardia civil. Llovió durante el regreso y apenas si la lluvia me dejaba ver el paisaje. Me entretenía en seguir la caída de las gotas de agua en el cristal de la ventana: luciérnagas relampagueantes de plata y vida efímera. Un olor a carbonilla se había quedado adherido a mi respiración y mi mirada.
     Mi padre me esperaba en la estación. Al verlo tan serio, con una cara de tristeza y de rabia que nunca ante le había visto, me eché a llorar. Comenzamos a andar en silencio. En la mitad del puente, cerca del gatillo del fusil, mi padre me dijo:
--Ayer al amanecer se murió tu hermana. Cuando pase todo esto hablaremos.
     En alguna parte se quedaron el bloc de dibujo, la caja de colores y mi sueño de libertad. Recobré la mágica visión del carro de heno que se movía solo, el fusil oxidado de sombras de mi pueblo que sigo pintando como si fuera la primera vez que lo veo y aquel paisaje que me sigue pesando en mi alma. Nunca recuperé la mochila

Friday, August 2, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 4





                                                      
                                                          A VIRXE DO CRISTAL  
     
                                                                                Ragazas de Vilanova,
ben vos podedes gabar,
  que non hay Virxe n–o mundo
  como a Virxe d’o Cristal.
(Cantar do povo)

                                    
Mi abuelo Honorio compró la finca con el pazo llamado “La Retén” a la familia Polo, unos nuevos ricos asturianos, cuya única hija, Carmencita, se casó con un militar llamado Francisco, siendo Alfonso XIII padrino de la boda. “La Retén” fue construido a finales del XVIII por Marcos Crismaroli, un enciclopedista afrancesado, poeta, traductor de Aristóteles al gallego, inventor de un artilugio para transmitir imágenes y palabras a distancia y de una jaula donde mantener insectos vivos por miles de años.
Tenía el pazo un escudo nobiliario, un espacioso balcón lleno de flores, una escalinata que daba acceso a la parte alta de la casa y enfrente de la puerta principal una fuente con tres ángeles desnudos. Mi abuelo conoció a Manuel Murguía y conservaba en la ventana del comedor, en un marco de plata que compró en Florencia durante su luna de miel, el poema que Rosalía, con el cáncer devorándola, escribió una tarde de mayo:

                Mayo longo..., mayo longo,
                todo cuberto de rosas,
                para algúns, telas de morte,
                para outros, telas de bodas.

                Mayo longo, mayo longo,
                fuches corto para min,
                veu contigo á miña dicha,
                volveu contigo a fuxir.

Cientos de árboles frutales rodeaban la casona y una muralla maciza de piedra acotaba el recinto. A lo lejos el pueblo se disparaba, colina arriba, como una flecha mohosa de plata y verdín que apuntaba al cielo. A la entrada de la finca, rodeado de pinos jóvenes, manzanos de baja estatura, perales rechonchos y álamos esbeltos, había un pequeño oratorio con la imagen milagrosa de “A virxe do Cristal”, llamada así por el color cambiante de su mirada. Era un recinto iluminado por una luz verdosa que entraba a través de unas vidrieras torpes, las paredes encaladas, desnudas, un altar rematado con un retablo de madera policromada con escenas de la vida de Jesús, olor a velas y a hierba, a umbría y a bosque oscuro, bancos de madera rústica y en primera fila un par de reclinatorios con dos sillones forrados de terciopelo rojo. La pila del agua bendita, una réplica en pequeño de la que existe a la entrada de la Catedral de Santiago, fue una donación del párroco del pueblo y visitante de la capilla, Don Camilo Iria Flavia, agradecido a la virgen por su ayuda en la conversión al catolicismo de un famoso entomólogo ateo que vivía en Teo y que escribió obras, de las cuales después renegó, en las que atacaba a Dios, a la iglesia y a la virgen. El cura, que tenía fama de santo y de afeminado, llegó a ser arcipreste de la catedral de Toledo y a su muerte se habló de iniciar el proceso de canonización.
 Carmencita, ya comprometida con Paquito, se acercaba a la capilla al atardecer, acompañada de sus padres y de un perro llamado Siete, a rezar por su novio. Una medalla que la ejemplar novia había dado a su prometido antes de que éste fuera destinado a Ceuta, fue el escudo protector que le salvó la vida, cuando una tarde de verano una bala traicionera iba derecha al corazón del teniente. La noticia corrió veloz y la fama de la virgen y la del tenientillo subieron como la espuma. La virgen fue visitada por el primado de España, cardenal Segura, proclamada capitana generala y llamada Nuestra Señora de Franco y Paquito llegó a ser generalísimo e intentó comprar de nuevo la finca sin conseguirlo.
Durante la algarada fascista del año 1936 mi abuelo, que era republicano, se puso el revólver en el cinturón, preparó el fusil, se rodeó de los perros y esperó. Una mañana de julio un grupo de falangistas con camisa azul, correaje cruzado en el pecho, pistolas, chulería, pelo lacio pegado al cráneo, saltaron por la puerta lateral, se detuvieron en la capilla y llegaron hasta la casa gritando “¡Arriba España!” “¡Viva Franco!”. Mi abuelo al verlos venir bajó sin prisas, abrió la puerta y les invitó a entrar. Ellos saludaron con el brazo derecho en alto y la mano extendida y con más gritos victoriosos. Después de una hora, los sublevados salieron y no volvieron más. No se sabe lo que pasó en ese tiempo. Mi abuelo siempre había respetado a todo el mundo. Ni en tiempos de la monarquía, ni de la república, ni del franquismo había prohibido a nadie que entrara a la capilla a venerar a la virgen o que cogiera frutos u hortalizas del huerto. Y no le parecía ni bien ni mal que la gente adorara a un trozo de piedra. De la salvación de mi abuelo por las hordas falangistas corrieron varias versiones. La más popular fue que había sido gracias a la virgen. Agustín de Foxá escribió un romance titulado “La virgen de los Falangistas” en el que contaba el milagro.
Mi padre que se había educado en Santiago y nunca estuvo interesado ni en la finca ni en el pazo se los vendió a “unos señores de Madrid” el 26 de mayo, el mismo día que yo cumplía dieciséis años y mi madre se separaba de nosotros para irse a vivir a Barcelona con un canónigo de la catedral de Tuy. 
Yo fui criado por mi abuelo y me inculcó las mismas ideas republicanas. Ni me habían bautizado, ni había hecho la primera comunión y mi abuelo se negaba a que fuera a clases de religión. Por las tardes de verano, cuando estaba de vacaciones, me acercaba a la capilla con mi escopeta y usaba de blanco a la virgen y el niño. A veces los perdigones salían rechazados pero otros se quedaban incrustados en los pliegues de la estatua. Al contarle a mi mejor amigo lo que hacía le llamó “La virgen de los perdigones”.  
En invierno procuraba llegar siempre a la finca antes de que anocheciera pero si me retrasaba y se me hacía tarde sabía que tendría que recorrer el largo camino y sólo de pensarlo el corazón me empezaba a temblar. Al acercarme a los portones me bajaba de la bici, abría la verja lateral y cerrándola de prisa me montaba de nuevo. Al pasar por la capilla no miraba hacia ella y pensaba en otras cosas, queriendo olvidar los ojos sin vida de la virgen llena de perdigones que me miraban furiosos y con cara de pocos amigos. La veía dando a su hijo mi tirachinas que sacaba de su túnica diciéndole que me tirara a la cabeza. Sentía el golpe de las chinas incrustándose en mi cerebro y me hacían perder el equilibrio y caerme de la bici. Los ángeles del retablo de cara fofa y pueblerina se convertían en murciélagos que revoloteaban a mi alrededor, haciendo todavía más negra la noche y el camino. Oía el batir de sus alas como espadas en la oscuridad. Voces en gallego me hablaban de la muerte y del infierno, de una presencia azul que, cuando me casara, siempre me acompañaría, como si fuera una segunda sombra. Y oía el ruido del mar que me aturdía y me llevaba con él. El camino se me hacia interminable y cuanto más pedaleaba más despacio iba la bicicleta y más miedo tenía. Me pesaban las piernas que parecían de trapo empapado de sombras y temor. Sentía que una jauría de perros salvajes, o tal vez eran lobos, me perseguía. Y una bandada de cuervos me sacaba los ojos y entraba dentro de mi camisa y se enredaba entre los radios de las ruedas de la bicicleta. Cualquier ruido me helaba la respiración. Sin saber, me hubiera gustado haber rezado y pedir perdón a la Virgen y le decía que me bautizaría y haría la primera comunión como todos mis compañeros de la escuela. Pero la virgen no me oía. Solo cuando al doblar un recodo de castaños veía la luz de la casa, mi corazón volvía a su ritmo normal y respirando hondo me olvidaba de todo. Llegaba sudoroso y corría al lado de mi abuelo al que abrazaba como si no lo hubiera visto en muchos años. 
Los señores de Madrid a los que mi padre vendió la finca y con los que simpatizaba, resultaron ser los directivos de un poderoso grupo católico. Convirtieron la finca en una residencia para jóvenes adictos a la pía y ambiciosa corporación cambiándole el nombre de “La Retén” a “Camino”. A la virgen la trasladaron a la catedral de Barbastro donde la cubrieron con un manto rojo y gualda, la coronaron con una diadema de oro y piedras preciosas y la nombraron Nuestra Señora de la Obra. Así de disfrazada fue testigo en Roma en el proceso de canonización del fundador. Por intercesión de ella, el entonces beato consiguió el tercer milagro necesario para demostrar su santidad: Un hermafrodita cambió de sexo mientras dormía, después de que fuera aplicada en sus partes una reliquia del fundador.
Mi abuelo Honorio murió el día 21 de noviembre de 1975, al mismo tiempo que lo hacía el marido de Carmencita, ahora ya Doña Carmen. Venía de visitar unas tierras que tenía en la falda del monte Mouchiño cuando al entrar en la finca, Noite, el caballo, asustado por una luz metálica y fría que salió de la capilla, se desbocó en una carrera salvaje que mi abuelo intentó controlar inútilmente. Fue derribado al llegar al crucero románico que marcaba el cuarto de kilómetro en el camino. Lo encontré muerto, lleno de sangre, la frente hundida en el pico del segundo escalón, cuando pedaleaba a toda velocidad, sudoroso y temblando sintiendo las piedras del tirachinas del niño en mi cerebro que sangraba como el de mi abuelo.
 Esa noche volví más tarde de lo normal porque conocí a Cristina. Siempre tengo la duda de que si hubiera llegado antes, hubiera podido salvar a mi abuelo. 


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Cambio de formato porque dos lectores me han regañado por usar "esa letra de garratarilla". A




Monday, June 10, 2019



          



                GUILLERMO MARCO REMÓN: RELOJERO DE UN TIEMPO LENTO

                                              UN POETA A TENER EN CUENTA

         Gracias a José Luis Morante me ha llegado la voz de Guillermo Marco Remón (Madrid, 1997) recogida en Otras nubes, accésit del Premio Adonais, 2018. El libro viene dedicado con unas palabras: “Para H. con quien comparto el gusto de llevar un diario y la poesía”. Si no hubiera llevado esta dedicatoria, que es una gozosa advertencia, uno hubiera dicho, al hablar de la poesía de Marco Remón, que la mayoría de los poemas son como entradas de un diario, o al menos de algunos diarios en los que destaca la poesía. Hay poemas que cuentan historias, con cabeza, cuerpo y extremidades, con sentido común, tan difícil de encontrar en estos días en poetas jóvenes, con un “mundo” que es lo que todo poema debería tener: un deslumbramiento que te deje encendida la mirada, un resplandor que avive la llama del corazón, con gente como usted y como yo. Como esa panadera de Puerta de Argarda que es el personaje de uno de los más emotivos poemas del libro, a pesar de las repeticiones:

CON azúcar
en las yema de los dedos
pedí otra napolitana
-debía de tener la cara de su hijo,
pues me trataba con la simpatía
de quien supone caracteres similares a rostros
   similares-.  
En su mirada
una pequeña ciudad se adormecía
y su corazón parecía lleno de polco de mudanza
y de olor a rejilla de Metro.
Le pregunte que por qué no combatía la ingratitud
   con ingratitud.
Me contó que era incapaz porque sabía, como yo y
   otros que repetían napolitana,
que de niña le ponían contenta los huevos de las
   gallinas contentas.

         Otras nubes es un primer libro y casi no se nota. El poeta tiene un estilo propio. Casi todos los primeros libros son, en el futuro, una carga de la que muchos poetas se quieren deshacer de ella. (No solo son una hipoteca los primeros libros. Hay poetas consagrados que son muy generosos e inseguros a la hora de cerrar un libro. La mayoría pecan de generosos y, casi siempre, sobran poemas).
         Otras nubes es un libro que el poeta dedica a su madre que es personaje vital. El libro tiene una fuerte carga autobiográfica, (con un poema titulado “bibliografía) pasión, ternura, una mirada doméstica inquisitiva, profundamente reflexiva, con un alto nivel en manejar los sentidos: imágenes auditivas, olfativas, visuales, táctiles. Y también cuenta con la pesada carga de las dudas en el amor.

DESPUÉS DE UN AÑO
NO TENEMOS NADA EN COMUN

MI testamento en ti
es ese gesto que me has tomado
cuando te enfadas y me reprochas,
con el mismo manotazo mío,
las cosas en las que no nos parecemos.

      La poesía de Marco Remón Un libro capta detalles, instantes, que el poeta convierte en sorprendentes metáforas, a veces casi greguerías. No en balde el título está tomado de Automoribundia, de Gómez de la Serna. Un libro en el que uno se ha entusiasmado con los poemas “largos”. Abunda el libro en poemas breves y uno los clasificaría en tres grupos: los que parecen bosquejos, apuntes rápidos en blanco y negro; otros son como chispazos en un día de sol, te deslumbran y te ciegan los ojos del alma y algunos que son maravillosas obras de orfebrería. En los más extensos destacamos, entre otros, “POR ÚLTIMO”, “LA HISTORIA ES INJUSTA REPARTIENDO ETERNIDADES” , “TODOS NOSOTROS” y “PADRES DIVORCIADOS”.

CUANTO TIEMPO PASAMOS
DANDO CUERDAS A LOS RELOJES.

ASI mi vida
seca como la piel del pulgar
de un relojero:
tu tiempo, un gajo de mi corazón.

         Otras nubes es el tipo de libro que a uno le gusta y con el que disfruta. Poesía de andar por casa, cotidiana, honda, reflexiva, en donde el sarcasmo y, en ocasiones, la socarronería y el sentido del humor, hacen del libro un manual de astucia soterrada, un diario, casi una novela. Y, sobre todo, un libro que nos da a conocer a un poeta que, en vez de degradar la poesía, jugar con ella y profanarla, (como hacen algunos) la engrandece, le da el lugar que le corresponde: canto, sentimiento, verdad, emoción, lenguaje del alma, oración, muerte, vida y amor. Un poeta al que debemos tener en cuenta para que vuelva pronto. 

A GUILLERMO PARA QUE VUELVA
NOS sentábamos en la colina
para ver el atardecer
(crepúsculo tiene las mismas sílabas
pero el peso de un lector afectado).
El cielo se manchaba del color de las amapolas
y ellas cabeceaban asintiendo la primavera.
No me extraña que los griegos pensaran
en las nubes como el apartamento de los dioses:
parecen el mobiliario del cielo.
Y seguíamos hablando y hablando 
sobre cuál era la probabilidad
de que un funcionario se traspapelase a sí mismo
o sobre las dos eternidades 
(el fuego del infierno y el olor a mandarina en las manos).
Y como si tu voz meciese un visillo, terminabas: 
Me has malinterpretado correctamente.
Tus comentarios eran mi compañía, Guillermo;
las sillas nos dejaban marcas en las piernas 
y hubiera preferido un indicio
–quizá en la manera en la que te reías con cara de llorar–
que anunciara tu mudez antes de que desaparecieras
para hundirte en el espejo.





        













Thursday, June 6, 2019

A punto de ver, de José Luis Morante


                    





                                          MISTERIO Y MAGIA EN A PUNTO DE VER

    A punto de ver
    José Luis Morante
    Polibea, el levitador, Madrid, 2019.
 

       En A punto de ver, el ultimo libro de José Luis Morante, hay, por un lado, misterio y magia, 99 haikus y 31 anotaciones: poesía y prosa, sensaciones y pensamiento, corazón y cerebro, poeta y artesano. Cuando se comienza la andadura, después de las luminosas palabras preliminares de Susana Benet, una de las poetas más importantes en el mundo del haiku, el lector se adentra en un universo donde la mirada del poeta va a ser como una cámara fotográfica, a punto de captar el misterio de lo que nos rodea, una mirada incisiva, inteligente, a veces navaja, a menudo retina en blanco y negro, ojos que recorren “la distancia exacta entre sensación e idea”, entre emoción y pensamiento, sobresalto y símbolo.  


HERIDA
Tan solapada
la traición del amigo;
nada más espero.
 
        A punto de ver, editado por Polibea en la colección “el levitador /84” (con la imagen y la presencia de Rafael Pérez Estrada) celebra la naturaleza, descubierta a golpe de observación, el poeta está siempre a punto de ver, vigía en el palo mayor de la nave de la vida, descubriéndonos paisajes, barbechos, personajes, abstracciones, ofreciéndonos poderosas imágenes, metáforas encadenadas, instantáneas que nos deslumbran. Como en este titulado “CLARIDAD”:


El talco sobra;
se maquilla la noche
con luz de luna.
 
      Los haikus llevan título, cosa no frecuente en los haikus tradicionales ni se ajustan a la costumbre temática de la naturaleza. El autor, maestro en estas lides, toca otros temas y los desarrolla dando más universalidad al libro. Hay que destacar que en A punto de ver hay dos voces poéticas que “narran” una historia que en ocasiones es polifónica, una cantata en la que el mundo está bien hecho. La primera voz es la del poeta, voz personal, íntima, de amor y vida, del pasado y de mañana.
 
INTERNADO
 
Me contagiaron
las paredes del claustro.
Rezumo frío.
 
      Es la voz en primera persona frente a la voz en tercera persona, donde el poeta va contando otra historia.
 
ENIGMA
 
Es mi secreto
un secreto sin voz:
ningún secreto.
 
      Un libro equilibrado de forma y fondo. De forma con 33 páginas con tres poemas cada una (que hacen 99 haikus). De fondo, la parte segunda, con 31 anotaciones que hacen de este libro un manual de poesía y de prosa, de emoción y de pensamiento. A punto de ver te ayuda a ver la vida de otra manera, las raíces de las cosas, los cimientos de lo sustancioso.
 
 
 
 
 









Saturday, June 1, 2019

https://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-volver-casa-201906012044_noticia.html?fbclid=IwAR3Y0EyPQoVprRZ1IE4YGwt1PVn_rhd8lWyz8UWmrlNwhdQabDL1WYRNzGU

Volver a casa

«Quedan, a manera de gracias, estas anotaciones escritas desde un tren»

Hilario Barrero
Actualizado:
Ayer por la mañana perdidos subiendo la Giralda, por la tarde el cálido encuentro con Enrique Parrilla en la Galeria 9 millas y la brillante presentación del poeta Miguel Veyrat; en Toledo la grata sorpresa de la actuation de la actriz Lola Baldric con María José Muñoz, Juan Ignacio de Mesa y Santiago Sastre y el paseo por el jardín de Inés Gárate; llenándonos de mar en Gijón con la compañía de Francisco Álvarez Velasco, de luz húmeda en Oviedo y buscando el sol en Madrid donde fuimos acogidos en la Casa de Fieras por Pilar Aranda, Maria Victoria Reyzábal y José Luis Morante.
Abrazamos familiares y amigos, contamos historias de «Prospect Park» y escuchamos palabras gratas. Sentimos el ruido del río de la sangre, el perfume del recuerdo, la espina de la memoria. El equipaje lleno de libros con dedicatorias, abrazos impresos, fotos, una botella de vino, dos joyas musicales dirigidas por el compositor toledano Javier Ulises Illán, director del grupo Nereydas y una carpeta, de alguien que nos dejó, con los recortes publicados en este periódico.
El barrio sigue igual: Han levantado andamios, ha brotado, con la fuerza que da la primavera, una nueva luz, sigue, a lo lejos, el perfil amado y miles de veces abrazado con la mirada del amor, por las lluvias de mayo las rosas están encendidas, los mismos rostros en el ascensor, una montaña de cartas y facturas; de bienvenida, sobre la mesa fruta, pan y agua que nos deja Nancy, la vecina del once, la que se levanta con el alba y va al parque a dar de comer a los pájaros. Y la orquídea blanca todavía iluminada y ese perfume a sombra desnuda que te recibe al abrir la puerta.

Atrás quedan los dolores de espalda, el temor a tu cansancio, a tu mirada nublada, a tu deseo de volver, el peso de la maleta con libros, los viajes, el tiempo detenido, el perfume de la vida, las preguntas sin respuestas, las miradas no correspondidas. Quedan, a manera de gracias, estas anotaciones escritas desde un tren: Del amarillo jaramago a la sangre licuada en las amapolas, del sol, deslizándose como un viejo equilibrista por las paredes de un patio sevillano, a la abierta llanura sin paredes de un campo de Castilla, del ruido barroco del retablo que ahoga la mirada, a la columna vertebral de un contrafuerte que la desnuda, de los naranjos encendidos a los olivos apagados, del perfume que brota de cuerpos luminosos a la lumbre que abrasa la fachada, de la plegaria oscura del deseo al tacto traicionero del olvido, del blanco Zurbarán al ocre torturado, de la luz verdadera de un Cristo en blanco y negro al rostro maquillado de una virgen. De Sevilla a Castilla pasando por Gijón.

POR HILARIO BARREROPOR HILARIO BARRERO