Saturday, August 10, 2019

PARA UNA NOCHE DE VERANO 12



                                        




                                          LAS GUERRAS DEL TIEMPO

        Te recuerdo aquella tarde de julio en que habías estrenado un vestido que Trini y tus amigas te celebraban, con 16 años, empezando a vivir, unos ojos luminosos y un pelo fuerte, negro, rizado, subiendo la cuesta del Miradero, viniendo de la Vega. Corrían vientos negros, rumores, la gente comentaba y tenía miedo. Tú no entendías de guerras, pero tu juventud se quedó partida por el ruido de las balas… Aquella tarde era el 17 de julio del 1936. Comenzaba tu primera guerra que se llevaría por mucho tiempo tu alegría de vivir.
          Te recuerdo la noche anterior, muerta de cansancio y de trabajo del día, ocho corazones a tu alrededor, tú en el suelo trazando con un lápiz en una hoja del ABC el contorno de mi pie derecho. Siento ahora mismo las cosquillas y al moverme oigo tu voz que dice: “Venga, no te muevas”. Al día siguiente te veo bajar del autobús de Galiano cargada de paquetes y nosotros esperándote en Zocodover alegres de que volvieras y deseosos de llegar a casa para ver lo que nos habías comprado en Madrid. La casa era una guerra de ruidos, de alegría, de felicidad. Yo era un niño feliz con sus zapatos (zapatos de Segarra) nuevos. Entonces yo no había descubierto que el tiempo gastaría esos zapatos y los llenaría de lluvia  agujereando las suelas de soledad.
     Y te recuerdo ahora que luchas con la guerra del tiempo y del recuerdo. Rodeada de esos ocho corazones que ahora se han multiplicado… Estás feliz, tu pelo ha perdido el esplendor del negro pero ha ganado en el gozoso gris de la experiencia. Has ganado la guerra y los únicos ruidos que escuchas son los latidos de esos corazones que son tantos que no sabes cuantos son. De aquella niña que subía por la cuesta del Miradero y que ganó perdiendo una batalla a aquella mujer llena de vida, de bellísima mirada, ha pasado una vida que ha dado muchas vidas.                                                 
      Te recuerdo ahora frágil como una flor de almendro temprano que tiembla al roce del rocío, como una nieve leve que se rompe con la caricia de sol, como una mariposa perdida en la tormenta con alas de seda y humo. Te recuerdo querida, mimada, protegida y rodeada de tu familia. Ahora que ya has ganado la guerra a la vejez y la guerra al tiempo celebramos todos un año más de tu vida.
    Quédate así para siempre, sonriendo, tus ojos como dos brillantes cansados de luz, llevándote la mano a las ondas de tu pelo que coquetamente te ahuecas, con el corazón encendido iluminándonos a todos, recitándonos versos de Campoamor, contándonos la historia de la joven que una tarde de verano subía la cuesta del Miradero con aquel vestido que tus amigas te celebraban….           
     Quédate así, porque así te recordaremos para siempre en la fotografía de nuestra propia guerra.

Friday, August 9, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 11


         


       LA ROSA DE RONSARD

                               Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. 
                                                                     C. Pavesse.

          Cuando le volvió a hablar de nuevo, después de tantos años de ausencia, dudó por un momento si era la misma voz de antes, pero la reconoció enseguida por ese roce de terciopelo, su dulzura y su acritud, su persistencia y la seguridad en su mensaje; era una voz dolorosa y milenaria; una voz navaja, hoz; una voz de sirena, sexual y provocativa; voz amarga: cicatriz y veneno, muerte y sepultura.
          La primera vez que escuchó su sonido fue una tarde de primavera, veinte años atrás, mientras contemplaba, solitario, cómo la tarde se llenaba de perfumes. Empapado su corazón de lluvia y soledad, viendo pasar la vida, la voz se sentó a su lado, y le prometió nuevos placeres, territorios inéditos, islas llenas de luz y cuerpos hermosos, riquezas, poder.
          –Ve hacia la oscuridad, ve hacia la noche, ve hacia las tinieblas y vive, goza, recuerda que las rosas de tu cara han de ajarse pronto y mañana será tarde.
          Cuando él le preguntó quién era, qué quería de él, por qué le elegía entre tantos jóvenes, la voz le dijo:
          –Eres hermoso como sólo se puede ser cuando se tienen quince años; me gusta reflejarme en tus hondos y dudosos ojos; tu aliento de rosas me vivifica, tu piel cálida y brillante me rejuvenece, y porque además eres...
          –...pero ¿quien eres tú?
          –Yo soy el remo de Caronte que frena su barca; soy la saeta que traspasó el pecho de Teresa; soy el vaso de vino de Berceo; soy la Dama del Alba; soy la hoguera en el banquete de la joven de Orleáns; soy la amante de Valdés Leal; soy la rosa de Ronsard; soy el enigma en Turandot; soy la helada sonrisa en la Traviata; soy el veneno de los Borgias; soy la peste que arrasa ciudades; soy la navaja que destroza corazones. Soy santa y maldita; soy luz y sombra. Y aunque tengo muchos nombres no tengo nombre. Pero tú eres demasiado bello y joven para saber quién soy en realidad. Lo sabrás más tarde, y ya no habrá remedio. No lo olvides; ve y goza de la vida, carpe diem, entrégate al placer, goza, goza, goza...
          –Pero...
          Cuando él fue a mirarle a los ojos, la voz había desaparecido y la noche desleía la caligrafía de la tarde. El se sintió febril, lleno de deseo, hirviéndole la noche en el cuerpo, arropado en un incendio que lo quemaba por dentro y lo lanzaba hacia la oscuridad.
          Y por veinte años vivió en la larga noche del deseo rodeado de una corte de aduladores que esperaban sus migajas de sexo cada noche, y le decían:
          –Eres el más hermoso.
          –El más bello.
          –Como un ángel.
          –Príncipe del placer.
          –Nuestra razón de vida.
          Y él, ensoberbecido, luzbel de sexo y gozo, reflejado en el espejo de esos cantos de falsas sirenas, elegía a sus víctimas para una sola noche. A la madrugada las arrojaba a la luz, señaladas para siempre con su mordisco de muerte.  
          Sus ojos son ahora dos cuencas hondas y oscuras con un temblor de noche, sus labios resecos y enfebrecidos adelgazan sus pómulos, un terremoto de ruido pone luto a sus manos que tiemblan; su pecho, boca de lobo, es guarida de roncos leones que le roen el corazón ya casi de alabastro. La luz ha desertado de su cuerpo.
          El otro día, otoño en el paisaje de su respiración, la voz volvió a hablarle.
          –Soy yo. ¿No me reconoces? Soy la de los mil nombres, la avariciosa voz, tu voz. Y vengo, después de tantos años, a que seas mi amante, a que me des tus despojos, a que hagas el amor conmigo por primera y última vez, y a que me mires a mis ojos de mármol y así sabrás, finalmente, que soy la dueña de tu vida.



Thursday, August 8, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 10


        

                                   MI DOSIA

Se murió de una angina de pecho mientras arrancaba unos tomates en el huerto que tenían a las afueras del pueblo. De haberlo sabido a tiempo hubiera ido al entierro porque yo seguía pensando en ella como la niñera que me hacía las coletas mejor que mi madre, me abrochaba el cuello del uniforme sin pellizcarme la piel, me ponía colonia Heno de Pravia en los lóbulos de las orejas sin hacerme cosquillas y me besaba cuando me dejaba a la puerta del colegio. Yo era, me decía, la madrina de la cuadrilla de toreros de mis tres hermanos que me precedían. Teodosia entró a casa en lugar de Rita, una joven rebelde y difícil que desapareció un día, llevándose el reloj de oro de mi madre. Teodosia tenía los ojos grandes, manos fuertes y duras, el pelo negro, tirante, recogido en un moño plano, un poco caído y siempre con un olor a hoguera y a mejorana. Yo la llamaba Dosia y con Dosia se quedó. Nadie diría que tuviera cuarenta años, lo que a mi madre le hacia albergar esperanzas de que ya no se casaría siendo una candidata perfecta para pasarse toda la vida con nosotros. El día después de mi primera comunión, que hice a los cinco años junto con mi hermano Carlos, mientras escuchábamos la radio en la cocina, vimos como mis padres y Teodosia entraban en el comedor y cerraban la puerta. Un rato después ella salió llorando y mi madre tenía cara de estar triste. Mi padre, que nunca exteriorizaba sus sentimientos, nos mandó a la cama y apagó la radio. Al mes siguiente Dosia nos abandonaba para casarse con Argimiro, un hombre de pueblo, calvo, lento de movimientos, cinco años mayor que ella y al que conoció un verano en el Paseo del Tránsito, donde vendía frutas de su huerto a los turistas que iban a ver la Casa del Greco y a donde Teodosia nos llevaba a mí y a mis hermanos a jugar. Odié a Argimiro por mucho tiempo porque me robaba a mi niñera que era como mi madre para mí. Cuando, pasados los años, un día lo vi sentado en mi despacho, su rostro oscuro de sol, los ojos llenos de lágrimas y dando vueltas a la boina entre sus manos agrietadas y grandes, pidiéndome ayuda para “nuestra” Teodosia que se encontraba mal, en ese momento le perdoné el robo de mi niñera. 
Sagrario vino en lugar de Teodosia y pasó a ser la niñera de mi hermano Alfredo que acababa de nacer. Lucía que nació el 13 de diciembre cuando yo tenía dos años, se encontró sin niñera, algo que ella siempre comentaba con rabia. Cuando Teodosia se fue de casa mi madre estaba embarazada con mi hermana María José. Dos años más tarde nació Fernando, el benjamín.
La casa donde nacimos mis siete hermanos y yo era casi una isla separada por el callejón de Bodegones y la calle de la Campana. Por detrás se alargaba y se unía a otras casas hasta llegar a la plaza de Valdecaleros. La casa era del siglo XVII y en ella habían vivido algunos canónigos de la Catedral a la que perteneció hasta que mis abuelos maternos la compraron. La fachada de ladrillos rojos, que el tiempo había descolorido, tenía un balcón, dos ventanas, un mirador muy pegado al tejado y adosado en una esquina, un azulejo con la imagen de San Idelfonso poniendo la casulla a la virgen, que en letras gastadas  decía: “Soy de la Capellanía de la Primada. 1717”. Años después, cuando mi padre murió en un accidente de coche a la salida de Villajoyosa, mis hermanos decidieron vender la casa. Ese día todos envejecimos un poco. Pasado el zaguán había un patio oscuro donde estaba el piso de verano. Unas escaleras estrechas nacían a la derecha y subían a los dos pisos que terminaban en una azotea cubierta donde casi se podía tocar la torre de la Iglesia. Nos entreteníamos en contar las habitaciones y nunca nos poníamos de acuerdo. Mi hermano Honorio decía que había 29. Lucía y yo que 27 y mis otros hermanos que 30. La casa era un laberinto con camaranchones, pasillos, habitaciones estrechas, habitaciones llenas de periódicos, habitaciones con una luz como de iglesia que guardaban un mundo ya pasado y olvidado: tres baúles, libros, muebles viejos, dos braseros, el sable de mi abuelo, el traje de boda de mi abuela, la Enciclopedia Jurídica de mi tío Fabián el abogado que mataron los rojos, como decía mi madre, en la guerra del 36.
Septiembre llegó suave y cambió el aire. Hubo que cerrar las ventanas, sacar las mantas, los jerséis y los abrigos que olían a polilla. Mi hermano Honorio no entendía cómo mis padres dejaban entrar el invierno en casa. Él pensaba que si se cerraran todas las ventanas el invierno no entraría. Le costaba creer que se fuera la luz del verano, la que entraba a la hora de la siesta por las rendijas de la ventana y se reflejaba en el techo trayendo, como si estuviéramos en el cine, las sombras de las pocas personas o algún perro que a esas horas pasaban por la calle.  Mis hermanos volvieron al colegio. Dosia se quedaba un poco más tranquila y hasta mi madre se sentaba un rato a escuchar la radio. Era lunes, un día brillante, con una luz de seda, limpia, como si hubiera llovido. Mi madre había ayudado a recoger la ropa de las camas y Dosia había calentado el agua y había llenado la pila donde lavaba. A las doce ya había terminado una tanda. Mi madre había pedido permiso a los vecinos de enfrente de casa para usar su azotea que era descubierta y era más grande que la nuestra. Dosia, después de lavar, con la ropa retorcida y colocada en un barreño bajaba a la calle, pasaba por debajo del balcón y metiéndose en el callejón de Bodegones subía a la terraza prestada. Ese día, después de que tenía todo preparado, me dijo: “Vengo enseguida, alhaja, no te mueves de aquí, sé buena”. Cuando ella cerró la puerta yo me fui corriendo al balcón. Mi madre seguía oyendo la radio. Vi a Dosia salir por la puerta, la vi en la calle con el barreño en la cadera, la llamé, ella me miró y me sonrió, me hizo un gesto como diciéndome que me esperara pero yo metí la cabeza entre los barrotes laterales del balcón y me tiré al vacío para irme con ella.
En la Casa de Socorro el médico de guardia, Don Wenceslao Nariño, que era conocido de la familia, sólo me encontró unas heridas producidas por el roce del bigudí al chocar en la acera contra una tapa metálica de riego. Mi madre creyó firmemente que había sido un milagro, porque ese día que era lunes, 25 de septiembre de 1950, la iglesia católica celebraba la fiesta de la Milagrosa y los ángeles me habían cogido y me habían dejado en el suelo. Mi hermano Honorio asoció este suceso a una poesía de José Selgas que se llamaba “La cuna vacía” y que venía en el libro de lecturas. El párroco de Santo Tomé, don Marcos Taracido, que luego llegó a ser obispo auxiliar de Mondoñedo–El Ferrol, celebró una misa en acción de gracias a la que asistió todo el vecindario. En la homilía mandó que “la niña milagrosa” fuera todos los años a la procesión de la Medalla Milagrosa que salía desde la iglesia de San Pedro Mártir. Cuando Dosia volvió y vio a un grupo de gente alrededor de mi madre, no sabía qué había podido ocurrir. Dicen que se pasó el día llorando culpándose del accidente.
Por eso digo que de haber sabido que se había muerto mi Dosia me hubiera gustado haber ido a su entierro.


Wednesday, August 7, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 9


                                                    
            


            EL TERCER DÍA
Cada vez que llegaba a eso de “creo en la resurrección de la carne y la vida perdurable” Josephine Caroglio se veía envuelta en una túnica blanca y resplandeciente ascendiendo a los cielos, ayudada por ángeles de melena rubia y enormes alas. Al día siguiente de cumplir los sesenta y cinco años y tras consultar con el párroco, decidió hacer testamento. Cuando el abogado, un feligrés amigo, la vio tan azorada le dijo que un testamento es como un paraguas, que cuando lo tienes no llueve. La idea de la lluvia la tranquilizó. Dejaba la casa a su sobrina que vivía en Minnesota y a la que no veía hacía mucho tiempo, los bonos, money markets y otras inversiones a la iglesia y pedía, eso sí, que la enterrasen en cristiana sepultura. Una semana después, el viernes, 19 de marzo, festividad de San José, moría al ser atropellada por un coche. Murió, con los nombres de Jesús y María en sus labios, al cruzar Smith Street después de haber asistido a misa de ocho.
          Menuda, delgada, ágil, el pelo recogido en un moño, maestra durante casi cuarenta años en la escuela parroquial, dos ojitos azules y diminutos, la medalla del Corazón de Jesús sobre sus blusas de manga larga y cuello cerrado, Miss Caroglio pasó toda su existencia alrededor de la Iglesia. El momento estelar de su vida, que tantas veces contó, fue cuando a los veinte años la eligieron para representar a su parroquia en un viaje a Roma, que con motivo del Año Santo Mariano, iba a hacer la Diócesis de Nueva York. El viaje se efectuó en barco y duró quince días, llegando a Roma el día 14 de agosto, víspera de la Asunción de la Virgen. Cuando el cardenal Spellman la presentó al Vicario de Cristo en la tierra encarnado en la delgada y rígida figura de Su Santidad Pío XII, Josephine Caroglio, velo blanco de finísimo encaje en su cabeza y un rosario entre sus temblorosas manos, se postró de rodillas y besando el anillo del Pontífice se prometió a sí misma dedicar su vida a la Iglesia. Al llegar a Brooklyn cargada de medallas y cruces que repartió entre sus amistades, colocó en el comedor, al lado de la Última Cena de da Vinci, un cuadro con un pergamino color hueso con borla de colores en rojo y verde y la fotografía del Papa en la que Josephine Caroglio, humildemente postrada a los pies de Su Santidad, imploraba su Apostólica Bendición. La monjita que le cobró por el documento, incluido el envío por correo y el embalaje, resultó ser de Brooklyn.
          Sin familia que la llorara ni la velara en la funeraria, el cuerpo de Josephine, envuelto en el hábito de la Orden Tercera, pasó el fin de semana solo. Nadie se acordaba de ella. El párroco y el abogado, ambos irlandeses, se habían ido a Dublín a celebrar el día de San Patricio. El dueño de la funeraria intentó ponerse en contacto con los familiares de la difunta, con la parroquia, con la policía. El lunes, a las ocho de la mañana, el cuerpo de Josephine Caroglio era incinerado y sus cenizas colocadas en una urna de loza blanca.
            Un mes después de su muerte llegó la sobrina de Minnesota, vendió la casa y los muebles, regaló los libros a la escuela y se llevó con ella la urna de loza, las cruces, medallas, rosarios, el cuadro con la bendición del Papa y una estatuilla en bronce de un Cristo resucitado.
          Con cuatros hijos, el marido alcohólico y sin trabajo, esta herencia de la tía de Brooklyn como la llamaban, alivió un poco la maltrecha situación económica. Colocaron las cosas que la sobrina se había traído de Brooklyn en el trastero de la casa que era grande y destartalada, con goteras en días de lluvia y corrientes en tiempo ventoso. A los dos meses se murieron la sobrina y el marido ahogados en el lago Demon, cuando éste, borracho, no pudo frenar a tiempo. Los hijos decidieron vender la casa y comprarse otra en la ciudad con más comodidades a la que se mudaron dos años después de la muerte de la tía de Brooklyn.
 En The Eagle, el periódico local, en el mall, por los postes de la luz, en árboles y con tiza en el pavimento, anunciaron un mercadillo que se celebraría el fin de semana donde podrá comprar a precio de risa desde una cuchara hasta un cuadro del Papa. Para ayudarles a preparar los precios, etiquetas, costo de los objetos y a empaquetar lo que se llevarían a la casa nueva, pidieron ayuda a John McAgraiv, vecino y amigo de la familia. A sus sesenta años, John todavía estaba fuerte y, aunque soltero, tenía fama de mujeriego.
            La venta fue un éxito. Prácticamente lo vendieron todo, incluidas las cruces, rosarios, medallas y hasta la Bendición Apostólica de Su Santidad que compró un joven judío que estaba escribiendo un ensayo sobre Pío XII y su falta de compromiso, en la Segunda Guerra Mundial, por no denunciar a Hitler como un criminal. Los chicos al pagar a John por su ayuda le dijeron que, además, cogiera lo que más le gustara antes de abrir las puertas a la gente que ya se amontonaba en la calle. Sin dudarlo, y como impulsado por una fuerza interior, se acercó a la urna llena de polvo, oscura y apagada y cogiéndola se la llevó a su pecho, muy cerca del corazón. Los cuatro huérfanos insistieron que cogiera algo más valioso, que eso era simplemente una urna vieja que su madre había comprado sabe Dios dónde. La urna había sido valorada en un dólar.
          John tenía una casa modesta, trabajaba como cajero en el supermercado FoodSmart y vivía al día, pero no era feliz. Para serlo le faltaba una cosa que había perdido y de la que estaba orgulloso por el uso que había hecho de ella a lo largo de su vida. Desde hacía unos años notaba que sus erecciones eran cada vez más laboriosas. Le costaba mucho llegar a tener el pene erecto y mucho más una eyaculación. Para él la dureza del miembro era la medida de su vitalidad y de su hombría. Un hombre con un pene fláccido no era un hombre, pensaba. No sentirlo crecer cuando desnudo veía alguna película pornográfica y verlo caído como un pajarito muerto, le atormentaba.
 Cuando John conoció, en la televisión, por primera vez la palabra Viagra le sonó mal. Le recordó a un detergente, o peor, a una marca de agua mineral. Luego en el supermercado volvió a verla durante una semana en la primera página de The National Enquirer. Curioso, leyó el artículo, pero cuando comenzó a estar interesado, se dio cuenta de que, económicamente, no podía darse ese lujo. Esto es para ricos, se dijo a sí mismo.
––Hace milagros, John –le dijo Arthur, el que le relevaba en el trabajo en el turno de tarde.
Sentado en la sala de su apartamento, la televisión encendida, el aire moviendo la cortina de flores de la ventana, el ladrido de un perro y la voz de Martha en el piso de al lado gimiendo de placer en la cama con uno de sus muchos amigos, John se fijó en la urna que encima de la televisión brillaba, pareciendo cobrar una luminosidad extraña, las flores llenas de polvo floreciendo, llenando la casa de un perfume a jazmines, como si alguien hubiera resucitado. .
El anticuario aunque elogió la urna, sólo dijo parte de la verdad. A John le repetía que sí, que era una pieza valiosa, pero que no era una pieza única y que a él le interesaba, pero no le interesaba, que le daría tanto y cuanto, pero que no estaba interesado. John, mirando una estatuilla de bronce de un Cristo resucitado que el anticuario tenía en una urna, aceptó el trato y contando una y otra vez el dinero salió de la tienda velozmente.
 Tardó en llegar el paquete dos semanas. Leyó las instrucciones una y otra vez y las siguió al pie de la letra. Se duchó, se puso los slips negros, se peinó a lo Elvis Presley, cogió el viejo Ford y se fue a The Red House donde Rose, su imposible amor, trabajaba hacía muchos años. Estuvo en la barra con ella hasta que cerraron el bar.
–Espero que esta vez respondas mejor que las últimas veces –le dijo Rose mientras se pintaba los labios y se ajustaba el sostén. John no dijo nada, sólo sonrió.
La última vez que se fueron a la cama, era cierto, John se sintió impotente y humillado al no poder conseguir ni siquiera una mediana erección y encima Rose se negó a cobrarle. Esta vez no sólo se portó bien, sino que se sentía con el vigor de un joven de veinte años. Cuando acabó de penetrarla y llenarla por tercera vez, John dio un resoplido animal. Rose sintió un escalofrío y mirándole le vio pálido con los ojos muy abiertos y los labios tersos. Se le acercó a su pecho desnudo y escuchó su corazón en silencio. Lentamente recorrió con su mano temblorosa su cuerpo frío hasta llegar al pene, que sintió latiendo como un animalito asustado. Se lo tapó con la sábana. Miró a su alrededor, se vistió deprisa y sin hacer ruido salió a la madrugada.










Tuesday, August 6, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 8


                                                         




                                                                    LA DAMA DEL ARMIÑO

      Lo vio por primera vez saliendo de la Catedral y le llamó la atención lo sucia que llevaba la gorguera. Luego le miró, disimuladamente, a las manos, y vio que la derecha estaba manchada de colores azules, rojos y negros. Él la miró y ella recibió su mirada como quien recibe la extremaunción.

    –Vamos, Jerónima, no mires así a ese forastero. Todo el que viene de lejos huye de algo. Dicen que viene de Grecia, que es pintor y que en la Corte ha salido malparado.

      Jerónima apresuró el paso, guardó el rosario en la faltriquera, se aseguró de que los broches dorados del libro de oraciones estuvieran bien cerrados y miró a su marido. Don Lope de Mingo y Muñoz, envejecido, cojeando ligeramente de la pierna derecha, avanzaba hacia Santo Tomé, donde vivían.

     Todos huimos de algo. A mí me gustaría huir de vos y de esta ciudad que me ahoga pensó[ responder Jerónima, apenas una niña, casada por conveniencia con don Lope, pero guardó silencio una vez más.  Al llegar a su casa, las campanas del convento de las monjas de San Antonio dieron las doce.  

      Hilario, el sacristán de la parroquia de Santo Tomé, a quien la Inquisición había interrogado por sus desviaciones sexuales, estaba doblando cuidadosamente la sobrepelliz que había llevado en el entierro del Señor de Orgaz al que habían asistido autoridades y  caballeros toledanos. Olía todavía la sacristía a incienso y a crisantemos muertos, cuando vio entrar a Jerónima. Venía a encargar una misa de acción de gracias. Cuando Hilario le preguntó qué gracia, ella sonrió.

   –Hay gracias que no se dicen, ni se dan–. Y dejó  un maravedí en una bandeja de plata.

   –Hay cuerpos que son fuego y por ellos podemos ir a la hoguera- contestó el sacristán, cuyo perfil le resultó a Jerónima conocido. 

  –Ten cuidado, que hay colores que dejan tiznada la mirada y el corazón para siempre. Él te espera. 

    Salió Jerónima de la sacristía y se digirió a la pequeña capilla donde una sombra con olor a aceites dibujaba un niño con un pañuelo blanco que le salía del bolsillo del gabán.

   –Mi dama del armiño, mi niña querida, eres y serás la persona de confianza y de buena conciencia y al final de mi vida harás “lo que cerca de ello se a de hazer”- dijo la sombra en un castellano con acento extranjero que Jerónima no entendió del todo.

    Y a los pies de un enorme lienzo en blanco  que sería la crónica de un entierro se amaron apasionadamente dando forma al boceto que un hachón iluminaba llenándolo de vida.






Monday, August 5, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 7


                                       

                                     

                                                                SPEECH 101

Ese día solamente había tenido dos alumnos en mi hora de orientación. Estaba escuchando música cuando llamaron a la puerta. Se disculpó y me dijo que sabía lo que iba a escoger el próximo curso, que sería cosa de poco. Faltaban cinco minutos para las doce. Abrió un cuaderno y me enseñó la lista de las asignaturas. Me pareció una buena selección: combinaba las matemáticas con la historia y la química con la sociología. Escribí los códigos, los créditos y las horas. Cuando iba a firmar me di cuenta de que todavía no había tomado Speech. Le dije que era una de las asignaturas obligatorias y que debería tomarla. Me contestó:
 –Tengo una tía que es muda y me horroriza hablar en público y por esta razón voy dejando Speech para el final. 
Le propuse que cogiera al profesor Alan Verbum que la le ayudaría.  Accedió a matricularse y dejó la sociología para el semestre siguiente. Me llamaron la atención su voz y sus ojos. Hasta ese momento no había puesto atención a su nombre: Esther Word. Cuando se fue recordé, de pronto, su acento.
Alan Verbum había sido actor en sus años de estudiante en la universidad de Yale. Allí tuvo de profesor a Harold Bloom, quien le dirigió la tesis doctoral que trató sobre el inglés hablado en el tiempo de Shaskespeare.  De aquella época conserva un casete con los sonetos de amor del poeta inglés que Alan había estudiado y traducido al castellano. El profesor Verbum tenía una voz de seda, modales contenidos, unas manos como si fuera un personaje de El Greco y una mirada profunda enmarcada por unas espesas cejas. Hablaba un inglés de teatro, le salían las palabras como escritas, casi se podían ver cada una de las consonantes en esas interminables formas verbales. De unos cincuenta años, se había divorciado tres meses antes de la que durante treinta había sido primero su compañera de curso, su amiga después, su amante luego y finalmente su mujer. Ella le había dejado a él por un alumno de su clase de Literatura.
Para aprobar el curso de Speech los alumnos tienen que hablar delante de toda la clase en tres ocasiones: la primera en un grupo de cinco o más compañeros, la segunda solos y con apuntes, y por último sin ninguna ayuda siendo cronometrados, analizado el lenguaje del cuerpo, la voz, la intensidad emocional, los gestos, el mensaje del texto. A algunos se les quiebra la voz, otros terminan empapados en sudor, otros lloran por la frustración, otros se olvidan del tema a la mitad de la presentación y algunos concluyen triunfantes. Esther me vio un día en la biblioteca y me dijo que iba muy bien en la clase de Speech, que el profesor Verbum era muy competente y que me agradecía que le hubiera aconsejado tomar esa clase. 
Alan me mandó un correo electrónico y me dijo que le gustaría que comiéramos juntos, pero no en el comedor de la universidad, como hacíamos a veces, sino en “Vox”* que estaba en la esquina de Chambers. Siempre que comíamos juntos me asombraba de lo rápido que lo hacía. Me molestaba un poco que se quedara mirándome mientras yo terminaba y él fumaba un cigarrillo detrás de otro.  Hablamos del curso, criticamos al decano y le pregunté qué tal le iba la vida de divorciado y ahí fue cuando me dijo:
–Honorio, precisamente te he invitado a comer para que seas el primero en saber que Esther es más que una alumna. Nos hemos enamorado.
Sonreí, le felicité y le dije que ya me avisaría cuando se casaran. Y añadí:
–Seguro que tu voz la ha enamorado.
–Mi voz y otras cosas –contestó sonriendo.
Habían pensado casarse en julio e irse de viaje de novios a Londres.  Pasó el verano y perdimos contacto. El primer día de clase la secretaria me dijo que firmara una postal para el profesor Verbum que estaba en el hospital.  “Espero oír tu voz pronto”, le escribí. Y automáticamente pensé en Esther. Lo primero que hice al llegar a casa fue llamarla. Al preguntarle por Alan hubo un largo silencio como si se hubiera quedado muda.  Sin decir una palabra, colgó el teléfono.
           Fue en Stratford–upon–Avon donde Alan Verbum sintió por primera vez como si tuviera alfileres al tragar. Murió de un cáncer de garganta el 11 de septiembre un poco antes de las ocho de una luminosa mañana que minutos después se oscureció y llenó de ceniza y muerte a Nueva York. Y a Esther Word.     



* Si el cuento no hubiese sido publicado con anterioridad hubiese cambiado el nombre del restaurante. "Speech 101" fue escrito hace 18 años. 


Extremadura tiene música.


      Gracias a nuestros amigos asturianos, Eva y José, hemos descubierto estos compositores extremeños que enriquecen el ya alto panorama literario del que uno conoce y admira a tantos poetas y escritores. Ahora también músicos contemporaneos. Extremadura tiene música!

   (Para mi amigo José Muñoz Millanes, que le espera una copia en bruklin cuando baje de la montaña).