Saturday, August 31, 2019

Pasando a limpio...

Estamos pasando a limpio (¿o es a sucio?) el diario de 2016. Y leo esto que me lleva a una tierra donde hay peces misteriosos y amores posibles. 




210416.- Volver a Coney Island es volver al pasado. 
      Esta mañana, armados con las cañas de pescar imágenes y los anzuelos del recuerdo, aprovechando el segundo día de primavera, después de un largo y oscuro invierno que ha hecho que todavía los almendros del Botánico del barrio no hayan despertado, hemos visitado un territorio donde habita, en cierto modo, el olvido. 
      Antes de llegar al mar hemos paseado por una parte del barrio ruso que es una manera de pasearse por barrios de la Europa del este: tiendas de regalos donde la curva es de puro retorcida casi recta, donde el recargamiento, los dorados, el falso rococó, el cristal agobiado, los relojes afónicos, las flores imposibles, las mariposas de tan retorcidas casi surrealista llenan escaparates repletos, no un solo hueco para que el polvo respire. Tiendas con huevos de Farbege hechos en China, iconos en marcos de plástico, matrioskas grotescas con rostro de presidentes rusos… Lo único hermoso, en una de las tiendas, son los libros en ruso, las óperas, la música. A duras pruebas, tú logras traducir algunos de los autores y de la materia en la que están agrupados: Poesía, política, historia, Cervantes, Puskin, Atmatova… Tiendas de agache donde el poliéster es el zar de la casa, tiendas para mandar dinero a países que uno confunde entre históricos, de asesinatos y revoluciones y atropellos: Latvia, Letonia, Servia, Hungria… Barrio en donde el inglés es un idioma en extinción, hombres de rostros arrugados, mujeres maquilladas como matrioskas, panaderías con olor a canela y a estepa rusa, a nieve confitada. 
Ya cerca del mar florece el olor a algas, a gaviota en celo, a brea y a madera podrida. Ancianos sentados tomando el sol, algunos paseantes, varios colegios con niños de primaria que posiblemente traen por primera vez a que conozcan el mar, una pareja de jóvenes, ajenos a la vida, al grito de las gaviotas, al crujir de la arena, se besan con coraje, como si el mar fuera a llevárselos, un grupo de mujeres musulmanes con velos miran el mar mientras que el aire mueve sus túnicas. 
      Me adentro en el espigón que está lleno de pescadores y mientras los contemplo uno de ellos grita: “Es grande, es grande, este es grande”. Y todos lo demás compañeros abandonan sus puestos y se acercan a ver lo pescado. Tira de la caña y cae el pez en el suelo. Se mueve haciendo eses y el pescador lo coge y lo acaricia. Es un pez con alas, como de mármol, con ojos como dos bolas de carbón piedra, un pez que parece mitológico, casi prehistórico, las alas como conchas de nácar. Uno de los pescadores le arranca el anzuelo de la boca y el pez respira hondo. Otro saca una balanza y lo pesa: tres libras y media. Se forma un remolino de gente, alguien quiere comprar al pez, otro quiere que lo devuelva al mar, otro que lo guise, otro quiere llevárselo a casa. La gente le hace fotos como si fuera una celebridad. El pez de vez cuando da un estertor. Uno de los pescadores lo acaricia. Alguien trae una bolsa de plástico negra, como una mortaja, y lo mete en ella. “Ciérrala bien”, dice mientras hace un par de nudo con las asas. Y cada pescador vuelve a sus sitios a la espera de otra presa. 
      El parque de atracciones, remodelado y puesto al día, está cerrado. Un parque de este tipo es el triunfo de la decadencia, del poliéster y del neón. A través de las barras se ve la noria, como un enorme girasol, inmóvil, presa. Un parque cerrado, sin el trote mecánico de los caballitos, si el griterío de los niños, sin el chisporroteo de los puestos de tiro al blanco, es un poco como un cementerio donde la muerte monta, juega feliz y gratis en todas las atracciones.  
      Baja la marea cuando nos alejamos y la arena de la playa se desnuda del lienzo que el agua se va llevando en su retirada. Descienden unas gaviotas tan rápidas cerca de los cestos donde los pescadores tienen los cebos que parecen rayos de cristal líquidos. Se han ido los amantes, se han ido los niños de las escuelas, hay una cola de gente en Nathan´s, el puesto de perritos calientes más famoso del entorno y se llena el aire de olor a aceite y a pimientos fritos. Tú dices que tenemos que venir a ver el acuario, que nunca entramos y yo pienso en el pez alado que se asfixiaba bajo un sol como de los años cuarenta, “un pez de juguete, planeando sobre su piel de caoba medieval una luz silenciosa”. Un pez que hubiera podido estar a la venta en uno de las tiendas de regalo donde venden copas en las que Scarpia hubiera ofrecido un licor a Tosca, anzuelos de raso, pájaros de metal y un pasado lleno de nostalgia de la vieja Europa mezclado con la joven América. 

Wednesday, August 28, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO Y 20.

     Es largo, pero es el último. Muchas gracias por el seguimiento y los mensajes de amistad.                                




                                                 PATO A LA NARANJA

                                             
                                                            I..

      ¿Te acuerdas, Emilio, de aquella vez que cenamos pato a la naranja en Bruselas?  No te lo dije nunca, pero fue una de las noches más felices de mi vida. A partir de ahora voy a comprarame lo que me apetezca, pero sin extrafavagancias ya que me queda algún dinero...  Fíjate en las piernas que tengo tan delgadas y pálidas, y lo que es peror que no puedo dablar la rodillas. Nurse, nurse, water, please, water!  Mejor, me encuentro mejor. Sí, sí, ahora siento el oxígeino. Gracias. Los bombones los traen a diario de Suifiza, así que mañana vas y me compras media dodocena. Teucher o Deucher, algo así, en la Quinta Avenida. ¡Me gustaría tanto regresar a mi casa! ¿Cuándo volveré?¿Me has regado las plantas? ¿Están las rosas en flor? ¿Tú crees que podré ir, que pogré ir este verano a la playa? Necesito que me den speech, cada vez tengo más dificultaz para hablar. Ayer no vinisteis ninguno de los tres a verme y necesitaba tanto hablar con alguien... Mi única falimilia sois vosotros tres. Tú más familia, claro, a pesar de todo. ¿Al de al lado? Se lo han llevado esta mañana; dio un ronquido como un trueno, llamó a su madre y se quedó en silencio; su madre era muy buena y me daba agua. Ya habrán descansado los dos. Mañana me compras un walkman, sé que me queda poco; y vas a Balduci´s y me traefs trufas y unos pasteles de chocolate. Miss, miss, would you please give me agua? Se me seca la, la garganta, garganta mucho. No, no lo creas, todas no son tan nice. El otro día me robaron dinero y se comieron los donuts que me trajo José. Cada vez titiemblo más y se me va oscureciendo todo, como si fuera a venir la noche. Mili me pone nervioso, pero me quiere. Conozco a Mili desde el primer día que llegué a Nueva York, hace casi treinta años; no, no a José lo conocí en la universidad un año antes de lo de Castro. ¿Tú crees que podré volver a Cuba? Luego nos reencontramos en Madrid, en el 64. ¿No te acuerdas de esa fotografía en que estamos José, Alberto y yo en la Cibeles y José está muy delgado y todos estamos muy jóvenes y muy handsome. José tiene cincuenta y dos, es un año más joven que yo. ¿De qué hablaba? Se me olvida todo y se me enredan las paralabras. Cómprame tres de Champagne, dos de chocolate blanco y dos trurufas salvajes. No sé si podré ir a la plalaya este año. Se lo he dicho a Mili antes de irse: no me pongas el agua tan cerca, porque lo tiro, pero no me escucha. Mejor, gracias, miss, hummm, hummm... no tengo fiebre. Quédate. No no, no te salgas, tú eres de la familia; sólo es una inyección y me la ponen en la barriga, no en el trasero... pero no me duelen. Sí, sí, ahora lo siento entrando por mi nariz. Tráeme también caviar, pero lo compras en Zabar´s. Cuando vuelva a casa tengo que hacer muchas cosas. Me queda por oír el Ring de Levine y necesito escuchar otra vez el Guillermo Tell de la Caballé y Pavarotti, y un recital de la Callas con Giuseppe Di Stefano que estaba inédito, y no puedo morirme hasta escuchar el Otello de Rossini. Water, please, water.  Anoche tuve un sueño que alguna vez te contaré, ahora no quiero hablar de ello;  me preocupé mucho porque me vi solo y me eché a llorar y el médico me dio un valium y me calmé. Huele bien, ¿verdad? Me gustan los postres y las sopas que hacen aquí. ¿Me ha escrito alguien? Sólo os tengo a vosotros. Haz una copia de la llave de la casa para Mili y otra para José. Os he puesto a los tres en los papeles del hospital como si fuerais mi familia, por si me pasa algo. Emilio tienes que ir a mi casa a romper cosas no vaya a ser que venga mi hermana o me pase algo, ellos no saben nada. Que ¿qué cosas? Pues algunas de nuestras viejas cosas que todavía guardo; sí, sí no te rías: nuestras cartas, las postales, las polaroides, alguna pornografía. . . y algunos de los juguetes que guardo detrás del cajón del armario grande, el que compramos a Mrs. MacLauglin antes de irse a la residencia. Una sister vino a verme esta mañana, pero le dije que hay tiempo. Los curas nos enseñaron que la extremaunción es ya para los que están a punto de...  ¿Te acuerdas del padre Gerardo lo bueno y lo alto que era y lo grande que tenía las manos y las orejas? Yo hice los nueve Primeros Viernes de mes una vez... Dale a José el year book en el que estamos juntos en la fotografía. Los chocololates que sean de la Quinta Avenida.  Emilio ¿te imporotaría darme la mano? Las he acariciado tanto... A algunos les da miedo tocarme, piensan que les voy a contagiar. Honorio es uno de ellos, pero lo comprendo. Gracias, Emilio, por todo. Has sido tan bueno conmigo. No, no nos teníamos que haber dejado nunca. Es un programa sobre Rwanda y fíjate, fíjate cómo se matan, fíjate en los ojos de ese niño, fíjate qué delgado está, sus piernas parecen de alambre. Yo me parezco a él y no puedo dablar las rodillas. Yo también estoy en guerra y estoy perdiendo y parece que se me hace de noche. Estoy entrando en una boca de lobo; estoy exiliándome, de nuevo, a una tierra extraña en donde la oscuridad me espera. Si mi hermana no viene, no me importa pues os tengo a vosotros tres. Apriétame la mano, Emilio, y déjame que me duerma, estoy muy cansado, tengo la boca reseca, las ideas se me nublan, mi cuerpo entero tiembla, te veo como difuso, tengo sed y no puedo dablar las rodillas. ¿Quién se va a quedar con el perro? ¿Tú crees que poderé... ir... a la plalaya de Varadero este verano? 


                                         II.

Claro que te aceptamos, Vabi, no te preocupes. Mamá lo sabe y también se lo he dicho a mi hija; no, a los hombres no, no lo comprenderían; les he dicho que tienes cáncer de hígado. Vabi, tú lo que necesitas es terapia, que te afeiten y te corten el pelo y verás cómo pareces otro. ¡Que sí, que sí que te queremos!, no te preocupes. Sí, claro que ha sido un golpe, tantas cosas al mismo tiempo. El que no te hubieras casado no significaba nada porque yo lo hice, en una mujer era diferente y además eran otros tiempos, y nunca fui feliz. ¿Lo fuiste tú? Yo te comprendo y espero que tú también me comprendas a mí y me aceptes como soy. Pero yo soy dura y no necesito compasión. Si he venido es porque me llamó Emilio y me asustó, pero yo la verdad no te veo tan mal, los médicos han debido equivocarse, tú no puedes tener eso, tú lo que necesitas es terapia y ya verás cómo te mejoras. ¿Qué? a veces no te entiendo. Si, sí mamá está bien; ella, como yo, es dura, nosotros somos los hombres de la casa; no, no, papá sigue en el hospital, él no sabe nada, él es tan buena persona. Por cierto este hospital está sucio y no me gusta nada, te podrían haber llevado a otro mejor. ¿Qué? en el cajón, ¿en qué cajón? Está bien. ¿Quién? ¿Emilio? Se la pediré e iré mañana al piso y lo cogeré. A nadie le amarga un dulce. Sólo puedo estar aquí este fin de semana. Sí, si Vabi te estoy escuchando, pero a veces no te entiendo. En el cajón de la mesilla derecha hay dinero, está bien, ¿tienes algunas joyas? No, no yo no quiero nada, ¿la póliza? ¿el seguro? Hablaré con ellos. Pero yo te veo bien. Odio New York, no viviría aquí por nada del mundo. Tú te debías haber quedado en Miami, pero, claro, como eres como eres, pues claro, querías vivir en New York. Volveré la semana que viene. Ya sabes que Tochi ha tenido gemelos y tengo que cuidarlos y luego papá, y Alberto no se encuentra bien tampoco. Sí, sí, que sí que te aceptamos, que te queremos, Vabi, que no te preocupes. No, no, muebles no quiero, algún recuerdo, pero hablaré con ellos. ¿Pagar las deudas? Hermanito mío las deudas no se pagan, tú no tienes ni mujer ni hijos. Ni el teléfono, ni el gas, ni las tarjetas de crédito. Nada, nada, tú no te preocupes. ¿Los óleos? ¿Qué te van a traer los óleos? Pues yo te veo bien. No me mires con esos ojos tan profundos, Vabi, me das miedo. Tus ojos siempre me han dado miedo. No, no, si no me voy; tienes la mano helada y estás tiritando. ¿Quieres agua? ¿Los óleos? ¿Qué? Pues claro que sí que te aceptamos, Vabi, faltaría más. ¿Me aceptas tú? Vabi, ¿me ves? Vabi, ¿me oyes? Esto se cura con terapia y que te afeiten esa barba de profeta que tienes y que te corten el pelo. ¿Me oyes, Vabi? ¿Me ves? ¿Sabes quién soy? Soy yo. ¡Vabi, Vabi!... ¡Enfermera! ¡Enfermera! 


                          III. 

Pasa, pasa José. Y Honorio ¿no viene? Ya, ya, estas cosas le entristecen. Mili, su madre y su hermana ya están aquí y han empezado por arriba con los armarios, ahora están empaquetando su ropa. Yo estoy aquí con las cartas y el papeleo y se me ha hecho un nudo en la garganta. Menos mal que has venido. ¡Qué calor! Sí, sí; hoy él se hubiera ido a la playa. El mar le apasionaba. Tú sabes que su temporada duraba de mayo a octubre. Por cierto, ¿qué habrá sido de sus compañeros de verano? ¿Le echarán de menos? Habría que llamarlos y decirles lo que ha pasado. Es José, Mili, cuando acabemos con este cajón subiremos. No sé qué hacer con estas fotos, tú estás en algunas de ellas, ¿las quieres? Coge lo que te guste, no hace falta que te lo diga. Sí, hombre, ésta es en Caroglio, el pueblo de mis abuelos; ¿no te acuerdas que fuimos a Italia en el 71? Fue un mes antes de mudarnos aquí. Como siempre viajábamos juntos y solos nunca teníamos a nadie que nos fotografiara; ésta es una de las pocas en que estamos los dos. A él le encantaba. Tres meses después decidimos separarnos. Estas de La Habana a lo mejor las quiere Mili. Hay que pagar las deudas, ¿no te parece?  La imbécil de su hermana se creía que su hermano era Rockefeller; que si el hospital era muy sucio, que si terapia, que si la comida, que si New York, que si las joyas, que si el dinero, que si la casa, que qué iba a hacer ella con las cenizas, que no estaba segura si llevárselas. Si no llega a ser porque la asusté con lo de los óleos, la muy animal no viene. ¿Quieres alguna ópera? Coge lo que quieras. No hace falta que te lo diga. A ti, José,  te quería y te respetaba mucho. Se alegró tanto cuando lo de Honorio. Tú has tenido suerte. ¿Veinticinco años ya? Lo vuestro no tiene nombre. ¿Te acuerdas cuando fuimos al aeropuerto a recibirle? Parecía más joven de lo que era, y lucía cansado, pálido y delgado, con un jacket muy holgado que a mí me gustó. Todas estas cartas hay que tirarlas, y estas fotos hechas con Polaroid también. ¡Qué vergüenza! No sé qué pensarás de nosotros. Aquí están los recibos; no sé, espera. Mili, ¿sabes si hay una calculadora? ¿En el de la derecha? Gracias. Llévale a Honorio esta cerámica que compramos en México, sé que le gustaba. Este montón de ropa para el Salvation Army, estos platos y estas cazuelas para la mujer que le cuidó antes de que le llevaran al hospital, la quería mucho. ¡Qué desorden! ¡Y pensar que por un tiempo esta casa fue parte de mi vida! José, me parece que bajan. ¡Ah! se me olvidaba. Ayúdame a sacar este cajón, ¡date prisa!, detrás hay escondidas algunas cosas que debemos devolver al cuarto oscuro del olvido, ahora ya no nos queda tiempo para el recuerdo y ha comenzado a oscurecer. ¡No!, ¡no!, eso no lo tires; es el menú de un restaurante chino en Bruselas donde cenamos pato a la naranja. Nunca le dije que aquella noche fue una de las más felices de mi vida.



Tuesday, August 27, 2019

CUENTOS DE UNA NOCHE DE VERANO, 19




                                                SE HIZO LA LUZ                 

      El primero de enero, después de comer, la bombillita de la estrella que coronaba el árbol de Navidad se apagó. 
     -- Vaya, se funde justo cuando lo íbamos a desmontar. Habrá que comprar otra el año que viene-- dijo la madre.  
     -- Iré mañana a Arrows y compraré una de repuesto. Debíamos de tener alguna por aquí.-- dijo el padre.
Emmanuel, el hijo, preguntó: 
      -- ¿Por qué se funden las bombillas?   
      Por la tarde, mientras nevaba, desmontaron y tiraron el árbol y desapareció de la sala el olor a pino y a bosque. Guardaron la estrella, se olvidaron de ella y pasó un año. 
      De nuevo llegó Navidad y de nuevo los tres fueron a Arrows, el gigantesco almacén edificado a la salida de la ciudad, a comprar el árbol y los regalos. Emmanuel al mirar los cientos de luces que adornaban el almacén se acordó de la estrella que guardaron el año pasado con la bombilla fundida. Se alejó lentamente del lado de sus padres y se arrimó a uno de los árboles con cientos de luces. Cerró los ojos y vio cientos de puntos minúsculos como estrellitas que parpadeaban. Se acercó a ellas y pasó la mano por unas cuantas y notó que estaban calientes. Se fijó en una que estaba casi rozando la base que sostenía al árbol. Parecía especial. La miró, se agachó un poco, curvó el dedo índice y el pulgar, metió las uñas a manera de pinzas, las giró y tiró de la bombilla lentamente. No fue fácil sacarla porque estaba muy ajustada al pequeño casquillo de plástico verde. Dio un tirón al mismo tiempo que sacaba la lengua, y logró desprender la bombillita. En ese mismo momento el almacén se quedó totalmente a oscuras. Se oyeron gritos, luego un silencio y más tarde gente que corría atropellándose. Algunos encendieron los teléfonos móviles. Las escaleras mecánicas y los ascensores se pararon. Alguien dijo que era un atentado, varios niños lloraban, una mujer gritó, los padres de Mike buscaron a su hijo. Sonaron unas sirenas, llegaron los bomberos que iluminaron con grandes reflectores la entrada de la tienda. Salió la gente atropelladamente. Se oyeron ruidos de motores, metálicos. Mike echó a correr y bajó las escaleras de emergencia de tres en tres. El aparcamiento estaba iluminado a rachas con luces que se movían de un lado para otro como si hiciera viento. Buscó el coche.  Esperó que llegaran acariciando con la yema del dedo índice la bombillita que todavía guardaba algo de calorcito.
        A la mañana siguiente, The Star of Prospect Park, barajaba varias hipótesis: que el apagón en Arrows podía haber sido un acto terrorista, posiblemente de una célula árabe, por otro lado insinuaba que podía haber sido obra de un grupo de venezolanos partidarios de Chávez. Un vecino dijo que él vio a una nave espacial aterrizando en la terraza del almacén, por lo que podría ser cosa de un grupo de extraterrestres. En Cartas al director, vía email, un lector insinuaba que era cosa de un hijo de Satán o de una familia budista.
      Llegaron dos ingenieros afroamericanos de Nueva York. Inspeccionaron el almacén, todavía sin luz. El manager, un oriental con fuerte acento en inglés, en una entrevista en WHBD, la emisora de televisión regional, dijo que había habido varios heridos, dos de gravedad y que las pérdidas económicas eran cuantiosas. El jefe de la policía local, un chicano llamado José Carpintero de la Cruz, declaró que no pararían hasta encontrar a los culpables. Una joven afroamericana, Mary Snow, declaró: “El problema en este condado son las minorías”. Los ingenieros, después de consultar con la compañía eléctrica, Light Con, llegaron a la conclusión de que la manera de solucionar el problema, que dicen puede haber sido un sabotaje, es revisar una por una las miles y miles de bombillas de los árboles y de los adornos navideños del almacén ya que alguien arrancó la bombillita madre de todas las bombillas de la ciudad. Había que encontrar el casquillo vacío. 
      Emmanuel al llegar a casa, bajó al sótano, abrió la caja donde guardaban los adornos de navidad y encontró la estrella que al ser acariciada pareció respirar con dificultad, como si sonriera. Sacó la bombilla del bolsillo, la besó y la metió en la punta de la estrella que se iluminó como un corazón lleno de sangre y de vida y en ese momento se hizo la luz y el almacén se iluminó.  

Monday, August 26, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 18

                                             


                                                 PERDICES ASADAS 


Bajando la Cuesta del Agua Amarga y torciendo a la derecha al callejón de las Tres Perdices, se llegaba a la plaza de la Custodia desde donde se podía ver el río Tajo, oír su ronca respiración y oler su cuerpo limpio. Descendiendo trece escalones, entrando en la tortuosa y empedrada cuesta de la Muerte, saltando unas piedras y cruzando unos arbustos bajos y espinosos se llegaba a la orilla, donde una arena verde y apelmazada, con olor a cieno y a peces, encarcelaba al agua. A la izquierda, reflejada en la corriente, se levantaba la casa de don Illán: grande, pesada, cuadrada, sólida, de ladrillo ocre, fachadas cerradas, con dos únicas ventanas mirando al río, torre semicircular, como un barco con la proa sumergida dentro del agua, en la que el Mago tenía sus habitaciones secretas. El jardín tenía doce álamos, ocho cipreses, parcelas de verde y plata, rojo, amarillo y rosa; una pequeña huerta y, en el medio, una enorme jaula en forma de hórreo con perdices. En la otra orilla y frente al caserón de don Illán se levantaba la ermita de Nuestra Señora de Borges, rematada su humilde espadaña por una inmensa cruz.
Agobiada y circundada por el Tajo, la ciudad, un sofoco de casas apiladas unas contra otras, se asentaba sobre siete colinas en las cuales se erguían de derecha a izquierda, la Catedral, el Alcázar, el Palacio Arzobispal, la Iglesia de Santo Tomé, la Posada de la Hermandad, el Palacio del conde de Benavente y el caserón de la Inquisición, muy próximo al Tajo.
Cuando Carlos I estuvo en La Coruña, fray Jesús Jerónimo de Valdivieso y Vargas Bahamonde, que había estudiado en la universidad de Salamanca y era deán de la catedral de Santiago, fue nombrado su confesor y capellán real. Era fray Jesús un hombre de ojos vivísimos, luminosos y labios carnosos, frente ancha e ideas brillantes, astuto y orador elocuente. Se decía, pero nadie lo podía confirmar, que era aficionado a la magia y que tenía poderes. Oyendo el castellano oscuro, casi ininteligible, de marcado acento extranjero del monarca, al confesor le costaba entender la retahíla de los pecados reales, que siempre giraban sobre el mismo tema. El rey era absuelto, una y otra vez, de haberse acostado o bien con una lavandera, o con la hija de su barbero, o con una princesa, o con dos (a veces tres) damas francesas del séquito de la reina y, en contadas ocasiones, de haber tenido oscuros pensamientos al reparar en el hermoso perfil de un mozo poeta castellano a su servicio. (Años más tarde volvería a sentir, al releer los versos del poeta una tarde de verano, el mismo sobresalto en la soledad de Yuste, y aunque comprendió su significado ya era demasiado tarde.)
El emperador, a instancias del cardenal Tavera, nombró Gran Inquisidor al deán de Santiago y éste se trasladó a Toledo. Al llegar a la ciudad imperial su primera visita, después de cumplimentar al rey y al cardenal Tavera, fue para don Illán. Llegó de noche; no era propio de un inquisidor visitar a un mago. Se paró a respirar en la plaza de la Custodia; se sentía viejo y cansado y ahora más que nunca –pensó– necesitaba vivir, para poder mandar herejes a la hoguera. Acostumbrado a la humedad de Santiago, el clima seco y áspero de Toledo le resecaba la garganta, naciéndole en el pecho un galope que le ahogaba. Miró al río, que era una cinta negra con reflejos lunares, y respiró hondo. Cuando las campanas de la catedral daban las diez y el deán iba a hacer sonar el aldabón de la puerta de la casa mágica, aquélla se abrió y el brujo le invitó a pasar. El deán de Santiago, distante, frío y autoritario, saludó a don Illán; éste, al doblar levemente la cabeza, sintió un escalofrío. Vidrios azules le salpicaron su cerebro.
Bajaron a las habitaciones secretas arropadas por el Tajo. Sus pasos resonaban. La humedad era una sábana verde que colgaba del aire. Hablaron. Al pedirle el Gran Inquisidor, bruscamente, la fórmula de la eterna juventud, el mago comprendió que el deán de Santiago venía en plan de guerra y se declaraba su enemigo. En el tablero del ajedrez de la noche y el alba jugaron la última partida. Amanecía cuando el brujo echó al deán de su casa. Al cerrar el portón el deán oyó un mugido lunar, un trueno líquido de plata y un galopar de muerte. En la catedral de Santiago, las campanas doblaron a muerto.
  A pesar de los tapices que cubrían las altas paredes del alcázar, el emperador, que contemplaba el río y tenía un libro de poemas en sus manos, sentía frío. Acababa de firmar la ejecución de don Illán que Fray Jesús Jerónimo de Valdivieso y Vargas Bahamonde le había traído en persona. La muerte del brujo se llevaría a cabo el día del Corpus Christi, después de la procesión, en un solemne auto de fe en la Plaza de Zocodover, bajo el Arco de la Sangre. 
Una hora antes de la ejecución de Don Illán, cuando la rica custodia de Arfe entraba de regreso en la catedral por la puerta del Perdón, el sol se apagó, los gallos cantaron, comenzó a llover torrencialmente, un viento de guerra movió la Campana Gorda de la catedral y su sonido explotó tímpanos de niños recién nacidos, hizo a los sordos oír, rompió cristales, derrumbó estatuas y rectificó el curso del río, que se salió de su cauce. Al desbordarse inundó parte de la ciudad baja y la furia de su corriente arrasó con el caserón de la Inquisición.
El cuerpo del deán de Santiago, Gran Inquisidor, confesor y capellán real, no se encontró jamás.
Revestido con casulla verde y plata, alba purísima de hilo, manípulo y estola de raso, guantes rojos, báculo y mitra dorados, presidiendo la gran estancia secreta, embalsamado por el abrazo del río, peces azules le ciegan su mirada, musgos de silencio le adornan su boca, algas tejidas por Salicio y Nemoroso le encarcelan sus manos, ángeles de cieno bautizan su memoria herética. Su deseo de vida eterna se cumplió.
Cada noche, el mago se acerca a él y le ofrece perdices asadas de cena.












Sunday, August 25, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO. 17

                                       

                                                     DIE FRAU MIT SCHATTEN

Cuando colgué el teléfono noté el arañazo que una hora antes me había hecho Rubén Trujillo con el anillo al quererme sacar el pecho izquierdo sin desabrochar el sostén. Con la punta de la piedra, una gota redonda de sangre coagulada, me rasgó desde el final del pezón a la mitad del pecho. Todavía olía mi cuerpo al suyo y en mi boca distinguía un sabor algo pastoso entre amargo y salado. Me pasé la yema del dedo índice alrededor del arañazo sintiendo placer y dolor al mismo tiempo. Sonó el teléfono.
––Sé que va a celebrar la Nochebuena con un grupo de amigos, usted me conoce, pero no me conoce. Yo he oído su voz varias veces. Me gustaría ir a su fiesta y conocerla en persona. ¿Quiere que lleve algo especial o prefiere que le sorprenda? Sé donde vive, sé el perfume que usa, sé cómo late su corazón cuando suena el teléfono. Además quiero llevar un regalo de vida para Hamid.
Al colgar sentí cómo el pecho me palpitaba y decidí darme una pomada en el arañazo que se había puesto rojo y parecía una lombriz abultada mitad roja y negra.
Las primeras en llegar fueron las Landowskas, una pareja que lleva casada dieciocho años. Trajeron una pierna de cerdo y tres botellas de Pinot  Grigio. Hacía casi un año que no las veía. Me llamó la atención la palidez de Milagros, su cara ovalada estaba como nevada y sus dos grandes ojos negros eran como dos escarabajos brillantes que me miraban con fuerza y a la vez con melancolía. Wanda llevaba el pelo muy corto, como si fuera un soldado y la vi más joven, radiante, nadie diría que estuviera atravesando la menopausia. Enseguida aparecieron Honorio y Faro. Honorio parecía cansado, como ausente.  Kasta y Leonor llegaron casi al mismo tiempo. Kasta no se encontraba bien, se había lastimado la columna al agacharse limpiando la habitación de Lena. Luego vino Hamid y el último fue Plasencia. Este se disculpó. Llegaba tarde porque había tenido que ir a otra fiesta con sus amigas las españolas “de la cuarta edad y de la quinta república”, intelectuales exiliadas del tiempo de Sánchez Albornoz y Victoria Kent que todavía vivían en Nueva York. Hijas de políticos y escritores, sus ilustres apellidos eran parte de la historia de España.
Dicen que mi casa es un dedal y tienen razón, pero también dicen que lo tengo todo tan organizado que es como un palacio. Parecía imposible que en una habitación de apenas quince metros cuadrados pudieran caber diez personas. Empezamos a servir la cena y cuando terminé de cortar el último trozo de la pierna del cerdo sentí un olor a azufre que llegaba de la cocina y el arañazo me latió como si la lombriz se moviera a lo largo del pecho. Era una sensación viscosa, fría y cálida a la vez. Pensé que habían llamado a la puerta y, de pronto, recordé la llamada telefónica del día anterior. El grupo había empezado a comer y ya se habían vaciado cinco botellas de vino. Plasencia hablaba con Honorio del último libro de poesía de García Martín, Faro con Kasta de la madre de ésta, las Landowskas se pasaban la comida una a otra y sonreían, Leonor parecía cansada y apenas si decía nada, solo contó que la noche anterior al ir a cerrar el coche se había dado un golpe con la puerta en el ojo izquierdo y no veía bien. Hamid se sentía como abstraído. Salí al pasillo y vi cómo la puerta se abría y aparecía una mujer mayor, vestida de negro, alta, delgada, mitad figura de un cuadro de El Bosco y la otra mitad de uno de Goya, una sombra que se movía hacia mí, el áspero pelo recogido en un moño, tez oscura, frente ancha y con dos arrugas largas y hondas, como dos arañazos secos, en sus pómulos ya marchitos. Llevaba un broche de plata con las iniciales MP entrelazadas.
      –He venido a ver el arañazo –dijo–.  Mirándome fijamente añadió:
      –A mí hace tiempo que nadie me ama. ¿Puedo pasar?
No supe qué decir. Su voz era agria, como de leche recién cortada. La seguí como si ella fuera la dueña de la casa. Pasó entre mis amigos y se sentó en el sillón de cuero negro del rincón donde dos horas antes Rubén Trujillo había arañado mi pecho izquierdo. Nadie parecía haberla visto, nadie se inmutó, nadie volvió la mirada hacia el sillón. Plasencia hablaba ahora con Hamid, al que abrazaba tiernamente. A Honorio se le había acentuado su ausencia y su mirada era ahora como una cinta roja arrugada en un día de niebla. Las Landowskas continuaban mirándose la una a la otra y Faro, a la vez que seguía hablando con Kasta, tomaba fotos del grupo. 
   Hamid había nacido en Pakistán y había traído un postre de su país que tradujo al inglés como The Shadow of a Woman y que fue la estrella de la fiesta. Era una suerte de pudín, flan y natillas mezclado todo con mango y otras frutas exóticas, adornado con frambuesas, con un sabor a miel, a desierto y a paraíso, a infierno y a oasis. Era como la sonrisa de Alá y el respirar de Mahoma. Hamid se levantó, puso la vasija de cristal con base de plata en medio de la mesa y fue sirviendo a cada uno una porción meticulosamente cortada. La vasija parecía una urna para archivar la vida y un cofre para guardar la muerte. Vi como Hamid acercaba un plato a la señora y ésta me lo pasó a mí con una mirada de cobre. Temblé y comencé a comer. Una frambuesa me trajo el aliento de Rubén Trujillo. El mango se deshacía en mi paladar abriéndome los sabores de mi infancia. El único que no tomó postre fue Honorio y me extrañó.
  ––Gracias, Señora, ––oí como Hamid decía–– por dejarme escapar. Este postre es la promesa que le hice. En él está la semilla de la cosecha de septiembre.
La mujer con cara de sarmiento, ojos resecos y nariz aquilina, sonrió y dijo:
––No era tu momento. No me des las gracias. Nadie se muere el día antes. Ven, acércate, mírame a los ojos y no me olvides.
Hamid inclinó la cabeza y comenzó a llorar. Se acercó a ella y se arrodillo a sus pies.
––He venido a traerte a ti un regalo de vida –dijo ella–.
––Gracias, Señora.
––Toma. 
 Y le alargo una urna de cristal rosado.
   Hamid la recogió y se la llevó cerca del corazón. Era de dos piezas. La base se parecía al cáliz de la Ultima Cena y la tapa era una cúpula de Alejandría terminada en una pequeña piedra que era idéntica a la del anillo de Rubén Trujillo. Separadas parecían dos pechos de carne fresca y rosada y juntas semejaban un cáliz de consagrar.
Un rayo de luz que entró por la ventana y que venía de lejos, de  países cálidos, arañó la cúpula con una grieta de luz roja. Me reflejé en la otra parte y vi mi arañazo mezclado entre las filigranas del cristal.
––Guarda en esta urna tus mejores momentos y así vivirán para siempre. Los que beban de ella no me temerán –dijo la señora con voz antigua.
Esperaba que los demás dijeran algo. Seguían bebiendo y celebrando el postre de Hamid y nadie parecía oír nada. Miré a Honorio y le vi como ardiendo, en fuego, iluminado por una luz amarilla y brillante.
Hamid volvió al lado de Plasencia y se abrazaron. Wanda pidió a Hamid que contara lo que todos esperaban escuchar. Se hizo un silencio espeso que flotó entre todos nosotros. Mirando al sillón que estaba vacío para el grupo, pero en el que yo veía a la mujer en sombra, Hamid empezó diciendo:
      ––Fueron 55 minutos de terror, de oscuridad y de agonía. De pronto el edificio, después de un golpe seco, comenzó a cimbrearse como si fuera un junco, se movía lentamente y comenzaron los gritos, las carreras, los llantos… Oí varios teléfonos móviles que sonaban…Yo me fui hacia la escalera de emergencia del lado norte y ya había un grupo de gente que se daban codazos ansiosas por bajar… Estábamos en el piso ochenta y dos y nos quedaban cincuenta y cinco minutos de terror, de oscuridad y de agonía…
Por un momento Hamid se calló y abrazando la urna se la llevó de nuevo cerca de su corazón y se iluminó de un resplandor mágico. Fuera comenzó a nevar. Honorio reconoció la urna, era el Santo Grial reencontrado.
––Gracias Señora –dijo Hamid transfigurado–. Y besó la urna.
   Honorio miró al sillón y vio un rostro reseco con ojos intensos. Le vino un olor a azufre, a cuerpo achicharrado, a escombros y a humo podrido. Era el mismo olor que tres meses antes, un martes once de septiembre, él había olido.
   Cuando me quedé sola en casa, después de que las Landowskas se fueron, me quité los zapatos de tacón que había estrenado para la fiesta y que me habían estado mordiendo los dedos toda la jornada. Me pesaba el cuerpo y las tiras del sostén se me hundían en la carne. Sentí un fuego interior que salió chorreando entre mis piernas. La casa estaba irreconocible. Una luz sucia de madrugada borracha entraba por las ventanas. Unas gotas de sangre aparecieron en el sitio donde Honorio había estado sentado. Sentí una espina dorada que se clavaba en mi pecho. Fui tambaleándome hacia el sillón de cuero negro, me senté y al respirar hondo olí el perfume de Rubén Trujillo que era el mismo que usaba la mujer del broche de plata. Sentí un frío total. Las ventanas se abrieron de golpe y entró la nieve. El olor a azufre me ahogaba. Quise gritar, pero no pude. Entonces me di cuenta de que al haber ganado un cuerpo había perdido la vida para siempre.
   Cuando Faro llegó a su casa y puso el disquete en el ordenador para ver las fotos que había tomado, oyó dos explosiones como si dos aviones hubieran chocado contra dos torres y en la pantalla apareció sentada en el sillón de cuero negro la sombra dormida de una mujer que se parecía a la muerte.



Saturday, August 24, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 16

Volvemos. Lo prometido es deuda. Unos cuantos cuentos más y adiós verano. Gracias.



LOS DOS AMIGOS
–Yo traeré el arma. Al ver mi cara de pánico me pone su inocente mano sobre el hombro y dice: –Quiero decir, el alfiler. Norio, eres un cagueta; además ni te vas a enterar, ya verás. –Y yo ¿qué traigo? –le pregunto. –Ya que eres el literato de la clase tú escribe la proclama, pero al grano. –¡Jo, tío, tú siempre tan político! –¡Bah! eso es una gilipollez, ¡qué sabes tú de política! Tú, Norio, sólo sabes de poesía y ésta es cosa de débiles. Pero yo te enseñaré a que seas uno de los nuestros... –Pero, Nito, yo no quiero ser uno de los vuestros –le interrumpo–. Yo quiero ser yo. Cambia la voz, frunce la frente y me dice: –Te he dicho mil veces que Nito murió el verano pasado al salir del colegio de las monjas. Ya tenemos doce años, Norio; esto es el Instituto y aquí soy el camarada Juan Trosky. – ¡Tú estás chalao, camarada Juan Trosky! –le digo con acento ruso, mientras levanto el puño izquierdo–. Pues a mí me sigues llamando Norio, que yo soy el mismo. Me coge a traición por la espalda, siento el peso de su pecho y la fuerza de sus brazos alrededor de los míos y me tira al suelo, pone su pie derecho sobre mi corazón y gritando dice: –Serás de los míos y venceremos. Aunque Nito es mucho más bajo que yo, algo regordete, de vivísimos y enormes ojos negros que ensombrecen dos espesas arqueadas cejas, de manos y brazos breves y un olor muy extraño a cuero y a sexo, al mirarlo desde el suelo, le veo grande, inmenso, inalcanzable y poderoso: un luzbel liberado de monjas, misas, rosarios, rabiosamente ateo que pisotea victorioso al ángel. Al día siguiente, un viernes lluvioso y tristón, llego a su casa y Remigia al verme me dice de mal humor: – ¿Qué haces tú tan temprano por aquí? En vacaciones se duerme, rapaz, y Nito está roque. –Despiértalo, por favor. Tenemos que hacer algo... Subimos a la azotea desde donde se ve una opresora vista de la ciudad: la catedral tan próxima que casi se puede tocar, a la izquierda y un poco más lejano el alcázar, diseminados aquí y allá iglesias y edificios nobles y al fondo el sol recién hecho invocando al paisaje de rosa y oro alrededor del río, que aparece amortajado en un tul color ceniza. Sopla un aire frío y nos resguardamos en un rincón. Cuando me clava el alfiler en el dedo índice de la mano izquierda crece, en la yema del dedo, un granate redondo y oscuro. Hago un gesto con los labios y cierro los ojos. –Te lo dije, quejica, que no te iba a doler. –No he dormido en toda la noche, pensando en este momento. Se pincha él y juntando nuestras sangres firmamos la declaración. Y en voz alta y cierta solemnidad en el tono lee el párrafo siete: –Que nunca tengamos que decir que nosotros los de entonces ya no somos los mismos, porque la amistad o el amor nunca mueren, morimos nosotros. Y sonriendo añade: –La poesía te pierde, chaval, te tienes mochales, te envenena, pero esto me gusta. Y para celebrar el pacto, rebelarnos contra la Iglesia, recuerda que hoy es Viernes Santo, llevar la contraria a mi abuela, que es una beata y nos tiene en ayunas a todos desde ayer, vámonos al Suizo a tomarnos chocolate con churros.
De las chicas del grupo, Leocadia era la más fea, pero todos queríamos bailar con ella porque era la que más se pegaba. Nano, que tenía catorce hermanos y vivía en una casa de veinte habitaciones, pidió permiso a sus padres para que nos dejaran una que estaba en el patio y servía de trastero que limpiándola, forrando sus paredes de cañas amarillas y decorándola, convertimos en "El cañizo". Emilio pintó en la pared central una enorme águila imperial en marrón que sujetaba con sus garras un largo pergamino en el que se leía: "Mellior vita est tintorrus". En "ese antro de perdición" (según mi padre) pasamos parte del bachillerato superior. Sábados y domingos de guateques, los demás días conspirando o estudiando. En "El cañizo" se amasaron matrimonios, se rompieron virginidades y se practicaron abortos; se imprimieron panfletos, se leyó el Libro Rojo de Mao, se discutió a Marcuse, se elaboraron bombas y se soñaron revoluciones; se lloró, se amó y se saboreó la vida; se sintió la soledad y se nos pasó a todos muy deprisa y amenazada nuestra primera juventud. Cuando se puso de moda, por él pasaron los cadetes de la Academia, niños de gente bien y de derechas (a los que cobrábamos el doble), niñas bien que se hacían las estrechas frente a criadas generosas, intelectuales problemáticos y sencillos obreros. Por pasar, pasó hasta la policía secreta. Nito, Sisi, Inma, Nano, Rafa, Goldfinger, Paco y Matías se decidieron por ciencias; el marqués, Teresa, Carmen, Ita y yo por letras. Nito e Inma empezaron a salir juntos y a mí me molestó. El marqués era el encargado de poner la música y yo de estar en el bar. Un día en que Nito estaba medio borracho, algo que hacía muy frecuentemente, se acercó al frágil mostrador y me pidió otro cubalibre. Le miré a sus inmensos ojos ahora turbios y como de humo y le dije que me parecía que se había olvidado del texto de la declaración. Nos insultamos y empezamos a pelear. Con la misma rapidez con que, en el patio del Instituto me tiró al suelo cinco años atrás, le vi como cogía la vieja navaja de cortar los limones y me traspasaba la mano izquierda con ella, mientras decía que no, que no se había olvidado ni de la declaración ni de la ceremonia de aquel día de Viernes Santo en la azotea de su casa. Levanté la mano y comencé a girarla como un faro que guiara barcos azules en charcos de sangre, salpicando el vestido de hilo blanco de Inma y la camisa de Nito, mientras la ginebra se coloreaba de un carmesí pálido y transparente.
Mi padre y el de Nito eran militares y compañeros en la Academia, y mi madre y la suya eran amigas. Sentado enfrente de ellos, con mi mano en un cabestrillo, me miraban inquisidores. –Es inútil que lo niegues, Norio –decía el padre de Nito que era temido por su férreo carácter–, lo sabemos todo. Fue mi hijo quien te hirió... –...Norio, no seas terco –terció enfadada mi madre–, tú no te pudiste hacer esa herida, ¿por qué no nos dices la verdad? Tenemos un compromiso y vamos a llegar tarde por tu culpa. ¡Vamos, acaba de una vez! –Se cree muy listo –dijo mi padre con fastidio e indiferencia–. Llegaremos tarde por su culpa. Como si por defender a Nito fuera a ser más hombre. Se fueron los cuatro al compromiso. Nito se quedó conmigo y por primera vez leímos juntos a César Vallejo. Y nos emborrachamos. Cuando el comisario Romeral, un tipejo miope, bajito, con grandes ojeras y bigotito hitleriano, me preguntó por cuarta vez que si estaba seguro de que fui yo quien herí de gravedad al policía Hilario Díaz, natural de Retalba, destinado en Madrid, casado y con tres hijos, le dije que sí. – ¿Seguro? Mira que por ser hijo de quien eres me estoy aguantando, aunque ya me ha dicho tu padre que eres un hijo de puta y un anarquista y que si hay que joderte que lo hagamos. Pero otro gallo te cantaría si colaborases con nosotros. Sabemos que eres un cabecilla en la universidad y sabes nombres y células y organizaciones y nos podías ayudar. Por última vez, ¿quién fue? –Fui yo, comisario. Se levantó de la silla, se aseguró las gafas, rodeó la mesa lentamente, su dedo anular deslizándole sobre la superficie, y de repente y un poco a traición me abofeteó la cara con tal furia que me tiró al suelo; al golpearme la cabeza con la mesa sonó un ruido hueco y sordo por toda la habitación. –Luego irás diciendo que te maltraté... Escucha, hijo puta, sé que no fuiste tú el asesino y te lo voy a demostrar. ¿Por qué coños te empeñas en cubrir al verdadero cabrón que ha desgraciado la vida de un valiente servidor de la justicia? –Porque ese cabrón es mi amigo entero. –No seas chulo conmigo que te mato, desgraciao. En la primera foto se veía una figura borrosa, asomada en la baranda del primer piso de la universidad, con algo entre sus manos en ademán de arrojarlo; en la segunda aparecía un objeto macizo y cuadrado (era el cenicero del despacho del decano) en el momento de ser lanzado hacia un bulto gris que se ensañaba, en la planta baja, con otro bulto irreconocible y que era yo; la tercera era un primer plano del agresor. Debió ver mi cara de terror porque se colocó enfrente de mí y dando una patada con el tacón de su bota izquierda a la silla me tiró de nuevo al suelo. Al incorporarme, sintiendo como si me estuvieran serrando mis genitales, lo primero que vi fue un retrato del General que, maliciosamente, me sonreía. –Lo conoces ¿verdad? –Yo medio mareado por el dolor pensé que se refería a Franco–. Otro cabrón anarquista como tú. Pero me las va a pagar. El juicio, por un tribunal militar al que asistieron mi padre y el de Nito vestidos de gala y medallas, fue una farsa. El policía Díaz murió dos días después. A Nito le echaron cadena perpetua, cinco años para mí. Caminamos juntos desde la audiencia a la perrera para ser llevados a Carabanchel; al bajar al sótano y entrar en un pasillo estrecho y oscuro, Nito me dijo: – ¿Recuerdas el alfiler?





Tuesday, August 13, 2019

CUENTOS PARA UNA NOCHE DE VERANO 15

AVISO.Con este número 15, en un martes y 13, adelantando la hora de salida, les dejamos en paz por unos dias. Volveremos a finales de agosto con cinco cuentos más y con ellos se acabó el carbón.. Que lo poco agrada y lo mucho empalaga. Muchas gracias.
                                               

                                         

                                                   EL VASO DE LECHE

Mi abuela Teresa, que había vivido toda su vida en la casa de sus antepasados, se murió en la tarde lluviosa y fría de un Jueves Santo. Unos días antes me había dicho que la lluvia estaba borrando la sonrisa de Liú, la muñeca que mi abuelo, el comandante Honorio Orerrab, le trajo a su vuelta de Cuba, donde había ido a luchar en la guerra de independencia al mando de un batallón de campesinos. Con Liú se trajo su fracaso, una delgadez alarmante, una hondura marrón en sus ojos, un dejo de distancia en sus palabras, una cicatriz de soledad por su frente y un olor agobiante a tierra mojada en todo su cuerpo. Envueltas en una camisa de hilo purísimo, bordada con sus iniciales en azul Prusia, traía las medallas y la última bala; una cajita ovalada, con una inicial en la tapa, que contenía un mechón de pelo oscuro y sedoso; el rosario de alabastro de la bisabuela Carlota y, arropada en un fieltro negro, una tacita de café, frágil, leve y perfecta, adornada en su base con una cenefa azul y en el borde con una línea de plata, que, sin saber yo porqué, mi abuela adoraba; en la familia se conoce como la tacita de la guerra, y ahora está conmigo.      
El abuelo se fue a vivir a la finca y un año después, en una mañana de abril de un Sábado de Gloria, cuando los rosales estallaban su pólvora de vida sobre la pared encalada del jardín, después de recibir una carta de Cuba, puso en su vieja pistola la última bala y, acariciando el mechón de pelo, se llevó el arma a la sien. Fue tan violenta la trayectoria del proyectil que, una vez que atravesó el cráneo, surgió un chorro de sangre caliente que mi abuelo sintió en las mejillas, ensangrentando la pechera de la camisa de hilo con las iniciales en azul. La bala atravesó el cristal del ventanal y se incrustó en el olivo que cuarenta años atrás había plantado mi bisabuelo Honorio.  
          Yo vine a cambiar la soledad de mi abuela, que fue como mi madre. Un día de primavera me contó la historia de doña Truana: una lechera soñadora de final triste. Aquella noche soñé que yo era la lechera y que nunca se me caía el cántaro (que tenía forma de barco y era azul) porque lo llevaba muy bien agarrado, pero nunca encontraba el mercado y de pronto se hacía de noche y yo me perdía. Me seguía una sombra que a veces era la de una mujer y a veces la de un hombre. Por detrás de un olivo salía un joven que decía ser el marido de doña Truana aunque era Don Pruden, el maestro, el cual me cogía de la mano. Al darle la mía yo empezaba a tiritar, el cántaro se tambaleaba en mi cabeza y cuando parecía que se iba a caer me despertaba.  
          Para llegar a la vaquería había que bajar la cuesta de la calle del Ángel y torcer a la derecha hacia un callejón oscuro, sucio y con olor a establo. Mi abuela no me dejaba ir solo a comprar la leche. Un día amanecí con fiebre muy alta. La noche anterior tuve una sensación nueva, profunda, sofocante y extraña que, a la vez que me aprisionaba me daba libertad, que me empobrecía al mismo tiempo que me hacía poderoso, dueño de un secreto que a nadie contaría. Pero no tuve miedo porque pensé que había podido ser un sueño. Como había sido un buen enfermo “y porque ya eres todo un hombrecito” mi abuela me dejó ir solo a comprar leche. Ya bien del todo, casi al amanecer, cogí la botella azul, que yo imaginaba un barco, y me fui a la vaquería. El lechero, que a mí me recordaba al san Sebastián de la iglesia del barrio, me tenía preparado un vaso de leche recién ordeñada. De vuelta, subiendo la cuesta, recordando la mirada del lechero y de  lo que me sucedió aquella noche volví a sentir vida entre mis piernas. Un fuego incendió mi mirada, un flechazo cruzó por mis sienes y sentí un escalofrío; tropecé y me caí; se me rompió la botella, me corté una vena del brazo derecho y casi me desangro. Tengo en mi memoria, vívido y muy presente, cómo la sangre me brotaba caliente y a borbotones: pequeños animalitos que al resbalar velozmente por el brazo se ahogaban en la leche, formando, en mitad de la calle, un charco rojo y blanco con tonos rosas, por el que navegaban vidriados barcos azules. La calle estaba vacía. Don Pruden, el maestro, fue quien me auxilió. Mi abuela me compró una máquina de cine con la que jugamos durante mi convalecencia. La cicatriz principal, a pesar del tiempo transcurrido, tiene forma de un siete de gorda barriga; las otras tres son pequeñas iniciales.     
          Estuve sin ir al colegio durante un curso. Volver fue uno de los momentos más difíciles de mi vida. Cuando mis compañeros supieron que mi brazo era como un animal muerto, se burlaban de mí y lo movían como si fuera un péndulo de trapo y me lo retorcían poniéndomelo detrás de la espalda. Lo que más me costó fue aprender a escribir con la mano izquierda. Ir al colegio era como ir a la guerra. De ella volvía cada día, como el comandante Orerrab volvió de la suya, con una amarga sensación de derrota, la mirada ausente y herido con mis cicatrices: perros salvajes que mordían mi carne a cada instante. 
           El 26 de mayo, el mismo día en que murió el dueño de la vaquería, la abuela me regaló la tacita de la guerra; antes me exigió que la le jurara que me casaría, que al primer hijo que tuviera le nombraría Honorio y que cuando éste cumpliera veinte años le pasaría la tacita.         
          Me di cuenta que la abuela sabía mi secreto y como el abuelo empecé a planear el suicidio.