Sunday, March 16, 2014

La casa con una sombra dentro


9

“Two roads diverged in a Wood, and I-- / I took the one less traveled by, / And that has made all the difference.” No solamente no había leído a Robert Frost sino que ni siquiera sabía que existía la poesía, pero aquella tarde de verano, su madre sentada cosiendo, con golondrinas volando alrededor de la torre de la iglesia, el balcón de la casa abierto, algunos geranios y begonias encendidos, supo que había dos caminos que nacían en un bosque y que él cogía el menos transitado y esta elección hacía que todo fuera distinto. Aquella tarde, con una luz especial entrando a raudales por el balcón, sintió algo que no sabía lo que era, pero supo que su camino era el menos transitado. Todavía no sabe ciertamente qué le ocurre y qué es. Desde esa tarde sabe que hay días que son como clavos ardiendo que le desgarran el alma a tiras. Supo de la oscuridad de una boca, del amor y del desamor, de noches heladas y noches en fuego. Recuerda el temblor en su cuerpo como recuerda el negro intenso de una golondrina que brillaba más que las demás y que moriría al terminar el verano.

Wednesday, March 5, 2014

La casa con una sombra dentro





8

Cuando llegaba el miércoles de ceniza, mi padre, tan buen aficionado a los habanos como católico, dejaba de fumar hasta el domingo de Resurrección y se convertía aún más al catolicismo. A pesar de que tenía bulas que le dispensaban, no sólo ayunaba y se abstenía de comer carne los miércoles y viernes, sino que posiblemente se abstendría también de todo contacto o placer sexual. Alguna vez ya de mayor me pregunté cómo le sabría el primer puro y cómo sería la noche-madrugada del domingo de Resurrección. Ahora que le recuerdo, en este miércoles de ceniza, su cuerpo y sus puros son ya polvo y en mi vida su imagen aparece desvaída, lejana y dolorosa. De aquel hombre alto, guapo y serio sólo me queda el olor del humo de sus puros, la dureza de sus ojos, la sobriedad de sus gestos, cómo se cruzaba la bufanda en los días crudos de invierno, aquel viaje que hizo a Roma y una mezcla de sangre espesa y nieve liquida que fluía entre sus venas y las mías alejándonos y uniéndonos. Pienso a menudo cual sería el primer gusano que nacería en su mortaja la primera noche de total soledad que empezó a comerse ese cuerpo que, destrozado en una carretera, tanto quiso mi madre. Memento homo quia pulvis es et in pulverem reverteris.



Thursday, February 27, 2014

La casa con una sombra dentro


 

 

7

Había salido el sol. La noche anterior se había acostado tarde. Al día siguiente se levantó a las diez. Fue al Club Natación Barceloneta del que era socio. Se bañó, anduvo por las duchas, entró varias veces a los vestuarios abriendo y cerrando la taquilla. Buscaba algo pero no sabía lo que era. Volvió a su casa donde no le esperaba nadie, comió y se fue al trabajo. Enseñaba por las tardes en una academia a los que habían suspendido el curso. La última clase era la de latín en la que traducían la Guerra de las Galias. Gallia est omnis divisa in partes tres, quarum unam incolunt Belgae, aliam Aquitani, tertiam qui ipsorum lingua Celtae, nostra Galli appellantur. Hi omnes lingua, institutis, legibus inter se differunt. A las diez menos cinco se acabó la clase. Al salir a la calle Diputación la noche, que era un jardín de luminarias y miradas, olía a fuego y notó cómo quemaba. Sintió cómo su soledad le crecía más profundamente que lo normal. Caminó lentamente hasta el Paseo de Gracia. Dudó si ir a casa, a un bar de los que estaban al lado del mar o a comprar el número de julio (que podrían secuestrar) de Cuadernos para el diálogo. Cruzó la plaza de Cataluña y en el primer quiosco de las Ramblas, cerca de la fuente de Canaletas, de la que había bebido hacía ya mucho tiempo, compró la revista y se sentó, en una de las sillas metálicas a ver pasar la vida. Hojeó la revista, fumó un cigarrillo y se acordó de su ciudad donde su familia esperaba que volviera. De improviso, ya a punto de irse, la noche cambió de color. Desde entonces los ablativos absolutos de Julio César, los editoriales de Ruiz Jiménez y las oscuridades de los clubes cercanos al mar dejaron de interesarle. Se dedicó a traducir el color de esa noche, a secuestrar sus olores y a encender su oscuridad. Aprendió una nueva palabra que ignoraba y una oscuridad clarísima que le quemó durante toda su vida. En las Ramblas uno se puede sentir la persona más sola o más acompañada de este mundo y por un momento le vino como un tornado repentino el recuerdo de su ciudad y sintió frío aunque era la noche del siete de julio.

 

 

Thursday, February 20, 2014

La casa con una sombra dentro




6

La biblioteca donde yo iba a estudiar estaba en el Museo de Santa Cruz y en ella leí, a mis diecisiete años, la obra completa de Nietszche. Éramos, a lo más, cinco o seis visitantes. En invierno una achacosa, vieja y destartalada estufa, que a mí me recordaba el primer acto de Bohème,(hasta veía al encargado, un viejo sordo con muy malas pulgas, quemando libros para calentarse como Rodolfo) tenía un tubo largo sucio y un codo herrumbroso que se tambaleaba a lo largo de la sala de lectura y asomaba su cabeza de humo por uno de los ventanales. Eran cuatro salas que correspondían a los claustros altos del patio, que habían cerrado con grandes ventanas. Vuelvo andando a casa. Bajo de nuevo por las escaleras mecánicas que unen el Toledo viejo con el nuevo. Son una brecha de plata en el marrón seco de la colina, un relámpago lento de metal. Paso por calles que me sé de memoria y que recorrí muchas veces cuando yo era niño y joven y que ahora en cierto modo ya no me pertenecen y me son extrañas. Calles estrechas y solitarias que en la oscuridad y el silencio de la noche fueron habitación para mi soledad.

 

Friday, February 14, 2014

La casa con una sombra dentro




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4

 Se me había olvidado el nombre del establecimiento y el rótulo que campeaba encima de la puerta de entrada, se me había olvidado el chorro del agua de la manga riega, las vespas aparcadas en las aceras, las grietas en las casas, una sensación de estar a punto de salir de un estado de pobreza, de un cuarto oscuro, las parejas cogidas del brazo, el mundo de los niños trabajadores, la sombra partiendo la calle, los faroles tocados de luz limpia, la pequeña cuesta, las mujeres yendo con el bolso a la compra, la voz de la ciudad en la mañana, la vida que nacía, y la canción que le cantábamos al regador, provocándole: “La manga riega / que aquí no llega / y si llegara / no nos mojara”.  Se me había olvidado el olor de la mañana a café con leche, el nombre de la calle, el ruido de las campanas, la oscuridad de las sotanas y los manteos, el ladrido de los perros, las voces de las mujeres de los pueblos cercanos vendiendo espárragos y cardillos, ya primavera temprana, el color de la vida, sobre todo en blanco y negro, la dificultad de abrir una ventana. Ahora me llega todo esto y mucho más al ver una fotografía de Inge Morath que hizo en Toledo (¿en los cincuenta?), de una calle cerca de la catedral y de la casa de Socorro, en la Bajada del barco, donde había una pescadería que tenía por nombre “Los cuatro tiempos”. Una foto que tiene una historia, un argumento y un desenlace, que es como un cuento realista, social, costumbrista. Una foto con luz, agua, sombra, vida, sonido, un inquietante silencio y ocho personajes en movimiento en busca de los cuatro tiempos. Nada queda de entonces. Vinieron otros aires, otras retinas, vino la modernidad que no tenía letrero y se lo llevaron todo. Los cuatro tiempos incluidos. Ahora, cuando estos tiempos no existen, me dio cuenta, y ya es tarde, de todos los posibles significados del nombre que habían puesto a la pescadería. Yo entonces sólo sabía de las cuatro estaciones y de éstas sólo la de la infancia o primavera. Estoy empezando a aprender, cuesta abajo, cual es el quinto tiempo.   

Wednesday, February 5, 2014

La casa con una sombra dentro


3


El primero de año lo asocio con dos momentos: Uno cuando era niño, un día luminoso, en los postres de una comida interminable, ver a una monjita sonriente, del convento cercano, con un niño Jesús desnudo reposando en un cojín rojo. La veo entrando en el comedor lleno de ruido, humo, alegría, toda mi familia reunida ofreciéndonos la imagen. Después de cada beso la monjita pasaba, delicadamente, un pañuelo inmaculado, con puntillas, primorosamente doblado y con olor a “colonia de monja”, por el piececito del recién nacido. Veo a mi padre invitándola a tomar algo y ella disculpándose como sólo una monja de las de antes sabía hacerlo y con qué elegancia y humildad se guardaba, entre los pliegues del hábito, el billete que mi padre le daba. El otro momento son muchos momentos: el Concierto de Año Nuevo desde Viena. Ya en Toledo me levantaba el primero, el comedor desordenado con bandejas, dulces, mazapán, botellas de licores y copas en la mesa de la fiesta de la noche anterior, a ver el concierto. La monjita ya no está, el pañuelo habrá perdido el perfume, el Niño seguirá desnudo sin tiritar y el concierto me suena repetido y, en ocasiones, desafinado, cuando el destemplado soy yo.

Friday, January 31, 2014

La casa con una sombra dentro.



 2b

La atan al sillón para que no se levante, en la cama han puesto barrotes para que no se caiga, está presa dentro de su propia libertad, llora, se le cae la baba, crispa las manos, su cara es una continua mueca de dolor e indiferencia, como si alguna fuerza interna la estuviera empujando fuera de su cuerpo. Mira fijamente con ojos nublados, mirada de dolorosa; si la acaricias aprieta la mano como si quisiera retenerte para siempre, a veces intenta decir algo como si estuviera empezando a hablar, balbucea un sonido como si firmara su soledad en el aire, si la ofrecen al nieto o al biznieto parece que sonríe, si el hijo que ha venido a verla de lejos la abraza ella se aferra a él como si quisiera irse con él o llevársele a sabe Dios qué profundidades. Cuando éste le pide que le dé un beso ella arrima sus labios a sus mejillas y le da un beso corto, húmedo, envuelto en saliva, casi silencioso, un beso que quema, que escuece, un beso como una rosa disecada, una mariposa sin alas, un suspiro de hielo, un botón de fuego. Una de las hijas duerme con ella y para protegerla de la noche la abraza. Alguna vez la hija centinela se duerme llena de cansancio y la madre se arrastra lentamente como queriendo huir y aparece acurrucada a los pies de la cama, en la esquina de la alcoba o cerca de la puerta de salida, no importa que la cama esté rodeada de barandillas protectoras. La encuentran temblando, apoyada en la pared, una imagen torturada. ¿Dónde quiere ir? ¿De quién huye? ¿Qué animal salvaje le da fuerza para que un cuerpo que se tambalea pueda levantarse? ¿Quién la está llamando? ¿Qué voces la asustan, qué ecos la aturden, qué sonidos la reclaman? Atada al sillón, reclinada la cabeza, mitad cristo románico, mitad virgen gótica, las manos crispadas, las lágrimas caminando por su rostro de cuero, las babas relucientes como gusanos de seda, barras de hielo derritiéndose por su rostro y cayendo en el vestido, mirando sin ver, hablando sin voz, inseguros los que la rodean que la oigan, sus hijos sentados a su alrededor la miran en silencio como se mira a una madre, como se mira a una rosa seca, como se mira a la muerte.