Friday, October 12, 2018

Cruzando fronteras


                           

                                             CORAZÓN DE SEDA, MENTE DE HIERRO

                                            Cruzando fronteras, de Rosalía Perera Gutiérrez  

          Es un libro de viajes, una guía para perderse por los caminos de la esperanza y de la vida, un libro de geografía con mapas como los que dibujábamos de pequeños con ríos azules, montañas marrones salpicadas de nieve, campos verdes y caminos que no iban a ninguna parte, yendo a todas. Es un libro con los cinco sentidos, un pequeño museo de miniaturas montadas en marcos de poesía y sensibilidad, acuarelas luminosas. En sus páginas se escucha la llamada de la lluvia en los cristales, el ladrido de un perro, el crujir del verano, se rastrea el humo, se siente el frio y anotamos nombres, canciones, películas, música. 

          Cruzando fronteras es, sobre todo, “una invitación al viaje”, que es una manera de ser libre, de enriquecerse, de volver con el equipaje lleno de luces y recuerdos. Un libro de columnas, a dos columnas, (aparecidas en la prensa de Badajoz) que sostienen el templo donde vive la poesía, la prosa cálida, la metáfora justa, el “dolorido sentir” y el hondo sentimiento del tempus fugit. Pero también, no lo olvidemos, y ahí radica su dualidad literaria,  es un libro que habla de justicia social, de hermandad y entendimiento, de libertad y humanismo. Un libro en el que vemos nevar en Nueva York (una de nuestras columnas favoritas), asistimos a la llegada de la primavera o el otoño, acompañamos a la poeta en busca del tiempo perdido; un libro en el que encontramos gente que quiere levantar muros, una mujer nigeriana que “narra secuestros, violaciones, torturas en su país”, gente que busca refugios, “homosexuales que temen ser asesinados, arrojados desde las azoteas”.

          Cruzando fronteras es un rosal lleno de las rosas más bellas del jardín de la melancolía y de la hermosura pero con las espinas más peligrosas que casi siempre intentamos no ver ocultas por el fulgor de la rosa. Un libro escrito con el corazón y con un alto sentido de justicia social.

          Rosalía Perera Gutiérrez es una escritora que lleva puesta la toga en su mirada y una abogada que escribe poesía y que trabaja para la aplicación efectiva de los Derechos Humanos. Perera centra su lucha en las minorías perseguidas y, en especial, en las personas víctimas de la trata de seres humanos.

          Breves, poéticas, humanas, de apariencia sencilla, locales, como escritas con tinta de melancólica niebla, Cruzando fronteras es un manual escrito por una mujer de nuestro tiempo, con corazón de seda y mente de hierro: los dos railes por donde circula el tren de la vida en el que viajamos. A través de la ventanilla vemos pasar la historia de guerras y soledades, de silencios y olvidos, de sombras y recuerdos. Vemos pasar la vida que se nos va montados en ese tren que llega a países sin que nos detengan en las fronteras porque en el mundo de Rosalía Perera, poeta y abogada, madre y mujer, las fronteras que separan, aunque sean las nuestras, no existen

Sunday, October 7, 2018

Del "Diario"


Jueves, 14.- La señora Gregoria tenía una verdulería y una carbonería en el callejón de Bodegones al que nosotros nos asomábamos por la ventana de la cocina. Era un callejón medieval, estrecho, los tejados casi tocando uno con el otro, oscuro, angosto, con una fragua al final. La carbonería la llevaba Seve, un hijo de la señora Gregoria. La casa de la señora Gregoria estaba al final del callejón y tenía una fachada un poco teatral, con un balcón abarrotado de flores que hacia la delicia de pintores y fotógrafos, una puerta con cristales y un tejado saliente con tejas que amenazan con volar. Cuando llegaba el Corpus y convocaban el tradicional concurso de balcones la señora Gregoria sacaba el mantón de Manila y lo colgaba junto a geranios luminosos, margaritas temblorosas, clavellinas que tiritaban y hortensias ostentosas y mandonas. Siempre se ganaba el Primer premio. La señora Gregoria de haber tenido estudios hubiera sido un médico prestigioso o un científico famoso o un buen político. Pero la señora Gregoria se pasaba parte de la vida en la verdulería, con delantal recién planchado, peinada con raya en media y mono caído, y vigilando a su hijo en la carbonería. Cuando nosotros éramos niños traían el carbón en serones que venían en dos carretas arrastradas por bueyes de ojos grandes, llenos de moscas, pacientes y bondadosos que a veces embestían, de pronto, al aire haciendo un ruido metálico. Nosotros los mirábamos desde el balcón y veíamos a los hombres como se ponían encima de la cabeza un saco doblado como si fuera una capucha y transportaban los serones desde la calle de Santo Tome a la carbonería ya que las carretas no podían pasar al estrecho callejón. Cuando Fraga era ministro remozaron las fachadas sacándola los colores y las tablas que las cruzaban, pintado balcones, puertas y ventanas, y acondicionado las aceras como si fuera a pasar Celestina. Un día el ministro visitó el callejón. Fue una visita relámpago. Le vimos cómo se bajaba del coche, miraba a las fachadas, a las ventanas, a los tejados y dándose media vuelta desapareció. El callejón de Bodegones sirvió de modelo para muchos pintores, especialmente para Don Enrique Vera, profesor de dibujo del Instituto y director de la Escuela de Artes y Oficios que un día se suicidó colgándose de un cinto en su casa. La señora Gregoria arreglaba huesos dislocados, daba consejos a jóvenes enfermizas y tenía una mirada profunda, de bruja y de reina. Era de las vecinas que no iba a misa lo que a nosotros nos daba una idea de endemoniada, misteriosa y con poderes. Cuando la señora Gregoria se quitaba el mandil, se arreglaba y se ponía, sobre todo, unos pendientes de esmeraldas que a mi madre les parecía la séptima maravilla del mundo, se convertía en la reina del barrio a la que don Gregorio Marañón saludaba con afecto a la salida de la misa de doce de la iglesia de Santo Tome a la que asistía los domingos junto con Victorio Macho y otros ilustres republicanos. En verano las vecinas se sentaban por la noche a tomar el fresco y yo a veces me asomaba sin que me vieran y las oía hablar de maridos, amores y sexo. Se fueron muriendo poco a poco, la fragua cerró su lumbre, su chisporroteo y el monótono martilleo, con la llegada del petróleo cerró la carbonería y dejaron de venir los oscuros carboneros llenos de polvo y de cuerpos fuertes, traspasaron la verdulería que se convirtió en frutería, los geranios se secaron, el balcón se desnudó y apareció más pequeño de lo que parecía, apenas si una ventana. La ventana de la cocina de mi casa en donde hubo tanto movimiento, tanta vida, tanto fuego, tanta alegría, tantos olores y en donde puedo ver ahora a mi madre se cerró y se llenó de silencio frio y de humedad contagiosa. La señora Gregorio se murió y con ella se apagaron el brillo, los verdes chispazos de las esmeraldas y el de su mirada. Ella se llevó, entre el mandil recién planchado de mi infancia, mi inocencia. Ya no pude asomarme a la ventana de la cocina, me tuve que ir lejos para que la mirada adquisicional de la señora Gregoria no me abrasara al mirarme y descubriera mi secreto. 


Diarios (2012-2013). La isla de Siltolá, 2015.
Fotografía: Carmen Molero Peñaranda-Salinero



Wednesday, September 26, 2018

Del Diario


260918.- A las nueve tengo cita en Manhattan con el oftalmólogo que tiene la oficina en la calle 37, cerca de la Segunda Avenida que es una de las vías que conducen a las Naciones Unidas. Salgo con antelación porque la ciudad está tomada por presidentes, diplomáticos y funcionarios que asisten a la apertura de temporada de una institución que existe para mantener la paz pero que no sirve para nada. El Sr. Koch, un alcalde demócrata de Nueva York, dijo una vez que la ONU era un “cesspool” (una cloaca).  Cientos de policías vigilan la ciudad y la nueva limusina del Sr. Trump lleva un frigorífico que guarda varias pintas de sangre del mismo tipo que la suya. Suenan sirenas, pasan ambulancias, un helicóptero da vueltas, los coches apenas se mueven y un joven ciclista, impaciente,  se baja de la bici y camina entre los coches. Al pasar por el edificio donde está la misión permanente de Cuba ante las Naciones Unidas, en la Avenida Lexington, tenemos que cambiar de acera: varios policías armados con metralletas apuntan a los transeúntes. De un hotel de Park Avenue sale el primer ministro de Japón y se forma un revuelo en torno suyo: un grupo de japoneses prácticamente lo arropan. En la Quinta Avenida vemos que Lord & Taylor, una de las tiendas con más solera de Nueva York, cierra sus puertas. Lord & Taylor fue por un tiempo una de nuestras tiendas favoritas. Duele ver cómo otro establecimiento desaparece. El día está nublado, pesa el aire y es plomo la luz. Durante la visita al oculista, rodeado de máquinas, alguien se refleja en un espejo y le cuesta reconocerse. Todavía con las pupilas dilatadas veo una ciudad tomada, agresiva, en armas. Nos da un poco de claridad saber que el mundo entero se ríe del presidente de USA. Qué descansada vida la del que huye en días como estos de Manhattan. (¿Estará uno huyendo de sí mismo?) ¡Qué alegría vivir en Brooklyn!




Sunday, September 23, 2018

Ceremonia de la ceniza





Pájaros inquisitoriales, revestidos para la ceremonia de la tortura, abren la comitiva. Llevan pliegues de acero, togas de fuego y algodón de quemar.
Tú ibas delante y yo detrás.
Roedores que clavan sus dientes afilados, hunden sus uñas de cristal y construyen guaridas por donde crece la nieve.
Llegó el tiempo en que tuvimos que cerrar las ventanas.
Cuervos de carbón encendido; sus plumas, ascuas en plenitud, sus alas tizones de sombra espesa, picón mojado sus uñas; el pico, una gubia de luz renacentista, ceniza maldita su aliento.
Fuimos perdiendo amigos y anduvimos por un campo minado.
Un hurón de oficio electrificando, con su lentitud mecánica, la columna vertebral del reo. La hoguera estaba montada y ardió la nieve.
En las misas de réquiem yo iba detrás y tú delante.
Un “torquemada”, con el hisopo lleno de lluvia, bendijo las cenizas.
Mientras dormía, tú intentabas robarme un poco del dolor.

Tuesday, September 18, 2018

Lo que faltaba




180918.- Lo que faltaba: que nos llegue Florence, que viene del sur con un equipaje de ruidos tormentosos, de agua, de gris nostalgia, algo cansada de derribar árboles, anegar tierras, cubrir casas, borrar prados y sembrar destrucción y pánico. Y aquí está: llegó de noche, enemiga del sol, caballo de troya lleno de truenos, relámpagos y flechas lluviosas, desplumando paraguas, acentuando el tono amarillento en las ramas de los árboles, empujando a los niños que salen de la escuela correr y ser felices, a encender los ojos de los automóviles. Y, sobre todo, a cubrir con el telón gris de la censura otoñal el perfil de Manhattan.
         Con su llegada los cristales de la espalda se afilan aún más, aguzan su lengua cortante y uno siente cómo las cuchillas del dolor sierran la en otro tiempo luminosa pradera. Y al andar, uno se siente como el Hombre de Palo, el ingenio que creara en Toledo Juanelo Turriano, caminando por las calles de su barrio de adopción: un robot de madera madura y a punto de madurar, perfecta para la hoguera.
         Y por si fuera poco aparece una vieja fotografía, fechada en noviembre de1986, en Central Park, que narra el momento final de un maratón. El protagonista de la fotografía sabe que ha conseguido algo difícil, que no imposible y se le nota en su rostro un reflejo de serena felicidad. Gozo que a uno, en este momento que está corriendo un maratón de flechazos y marea alta de cristales y limaduras, le llena de melancolía.




Sunday, September 9, 2018

Orografía del amor






090918.- El primer temblor y la luz a punto de madurar como un membrillo olvidado en el cajón de una cómoda que guarda ropa de un muerto.
Algunas hojas, las primeras, camino de la guillotina; el verano al retirarse olvida, en el nido más alto, las ascuas de sus ojos.
Neolítico del gris.
Encontrarse en el parque con una carreta tirada con bueyes de mirada húmeda arrastrando la lluvia. De pronto, la brisa almidonando el visillo, poniéndole alas: un pájaro de blonda de vuelo corto.
 Ver en el cristal de una ventana el reflejo de dos torres con el polvo de dos mil muertos empañando los cristales.
Y, como un milagro, en la madrugada del otoño sentir el roce de la sábana perfumado de niebla. Reconocer, en el abrazo encendido, la orografía del amor.
Esto es septiembre: quien lo vivió, lo sabe.

Sunday, September 2, 2018

"Bendición de la ceniza". (En progreso).






NUEVO MUNDO                   

Hubo amores en el pozo de Orvieto
y en la altura de Chartres,
los tuvo un niño apenas en el pueblo
donde robó membrillos en la huerta enemiga,
amores en el alba infiltrados de humo,
clandestinos en la última fila de aquel cine de barrio,
amores con la muerte que dejan cicatrices
y amores con la peste que numeran.
Una noche de julio por las Ramblas
amaneció el esperado, el imposible,
no repetido ni en sabor ni en olor,
sin la sombra del cuarto agazapada
y la ropa un trofeo por el suelo,
el que gozaste hasta el dolor,
el que puso cilicios en tu ingle,    
un clavo en tu esbeltez,
en reto tu cintura, aduana a la casa
en donde lo prohibido amanecía.
Un disparo de gracia en la sien del deseo.